La trampa de la comodidad: el asalto a la voluntad

Viñeta: The New Yorker, 27/03/2017

El debate sobre los efectos colaterales de la proliferación acrítica de las redes sociales se ha puesto (por fin) de actualidad. Valga como muestra este  artículo a doble página en El País , («Rebelión contra las redes sociales«, 17/02/2018), tildándolas de «Manipuladoras de la atención. Vehículo de noticias basura. Oligopolios sin control.»

Hace tiempo que estábamos avisados (Langdon Winner, «La ballena y el reactor«) de que:

«La construcción de un sistema técnico que involucra a seres humanos como partes de su funcionamiento requiere una reconstrucción de los roles y las relaciones sociales.«

Lo que emerge ahora es la conciencia de que el despliegue de algunas tecnologías tiene también como consecuencia la reconstrucción (de-construcción, tal vez) de la esencia de lo humano. El modelo de negocio de las redes sociales se basa en captar la mayor cuota posible de la atención de sus usuarios. Con la consecuencia práctica de minar su capacidad de prestar atención a otras asuntos más merecedores de ella.

Pero vemos ahora cómo emerge un frente adicional de asalto a la conciencia. Como observa Tim Wu en The New York TimesThe Tyranny of Convenience«):

«La comodidad está emergiendo como quizá la fuerza más poderosa que conforma nuestras vidas individuales y nuestras economías.«

La proliferación de servicios basados en la comodidad apunta a un efecto sobre el ejercicio de la voluntad similar al de los contenidos sociales sobre la atención. El objetivo es en ambos casos soslayar el ejercicio de la conciencia. De la decisión consciente de en dónde concentrar la atención. De la práctica consciente de ejercitar la voluntad para superar obstáculos. Para, en ambos casos, explotar económicamente actuaciones en que el usuario actúa guiado por hábitos, pulsiones o instintos subconscientes. Porque precisamente esos, al ser automáticos, resultan también los más previsibles.

Sería imprudente considerar que se trata de un fenómeno casual. Los inversores / especuladores que promueven la innovación disruptiva han sabido sacar provecho de la ‘deconstrucción’ de roles y relaciones sociales en ámbitos como los medios de comunicación (Google, Facebook), el turismo (Airbnb) o el transporte (Uber) o la contratación de personal (Deliveroo y similares). Con este precedente, no parece descabellado especular que intenten lo mismo la explotación del subconsciente.

Lo que subyace es un déficit de ética y también de teoría social en los discursos y prácticas que emanan de Silicon Valley. Déficits que se encarnan en personas, empresas y organizaciones que tienen clara conciencia de sus propósitos y una férrea voluntad de alcanzarlos. En su propio (quizá exclusivo) beneficio. El mal existe, dicen por ahí, y es distinto de la ausencia de bien. Atentos.

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