Empresas no responsables se aprovechan de sus usuarios

«Every advance in connectivity and mobility seems to increase the possibilities for crime.»
(John Seabrook en The New Yorker).

El Pew Research Center detectó hace unos meses en una de sus encuestas que un 75% de los norteamericanos desconocía que Facebook recoge, compila y analiza datos sobre sus preferencias.

Un estudio más reciente, también de Pew, constató que sólo el 59% de los encuestados era consciente de que el modelo de negocio de la mayoría de las redes sociales se basa en intermediar publicidad para sus usuarios. Y que sólo un 29% sabía que Facebook es propietaria de Intagram y Whatsapp.

Por último, según un tercer estudio, el 81% del público considera que los riesgos a los que se enfrentan como consecuencia de la recogida de datos por parte de las plataformas sociales no compensan los beneficios, en tanto que el 79% declara estar preocupado por cómo las empresas utilizan los datos que recogen.

Si añadimos además la influencia creciente de las redes sociales sobre las creencias y los comportamientos de las personas, el panorama es preocupante. Muchos usuarios utilizan diariamente herramientas tecnológicas sin ser conscientes de que «cuando un servicio online es gratuito no eres el cliente, sino el producto«.

«En el terreno técnico repetidamente nos involucramos en diversos contratos sociales, las condiciones de los cuales se revelan sólo después de haberlos firmado.» (Langdon Winner, «La ballena y el reactor»).

El fenómeno es difícilmente reversible. Es más fácil sacar la pasta de dientes del tubo que hacerla entrar. Pero así y todo parece que habría que hacer algo al respecto. Empezando por acordar un diagnóstico de las causas de la situación. ¿Cómo hemos llegado hasta aquí?

Diría que se trata de una combinación de varios factores:

  • Un estado de opinión benevolente e ingenuo, creado durante décadas, que tiende a hacer énfasis sólo en los beneficios potenciales de las nuevas ofertas electrónicas, sin considerar su potencial para generar efectos dañinos colaterales.
  • Una clamorosa ausencia de regulación al respecto de las condiciones razonables a aplicar a las nuevas ofertas tecnológicas, que contrasta demasiado, por ejemplo, con la que se aplica a los productos farmacéuticos.
  • Estrategias no responsables de empresas, incluyendo aquellas apuntadas al mantra de la disrupción: «move fast and break things«, externalizando a la sociedad el coste de los platos rotos, cuando los hay.

«Para sobrevivir y prosperar en el siglo XXI, necesitamos dejar atrás la ingenua visión de los seres humanos como individuos libres —una concepción herencia a partes iguales de la teología cristiana y de la Ilustración— y aceptar lo que, en realidad, somos los seres humanos: unos animales pirateables.»  Yuval Noah Harari


Los usuarios, ¿no tienen ninguna responsabilidad? – se preguntarán algunos. Pues al parecer hay diferencia de opiniones. Para algunos autores, ninguna, porque sostienen nuestras mentes están siendo hackeadas. Otros son incluso más radicales, haciendo responsables de esta situación a los usuarios, asignándoles «la misma profundidad intelectual que un rebaño de ovejas«, a la vez que los califican como «auténticos monos jugando con ametralladoras«.

No parecen buenos puntos de partida. Habrá que apoyar los intentos de gobernanza tecnológica, a ver qué dan de sí. O tal vez iniciar una campaña para que la ONU incluya la protección de las mentes de las personas en una sociedad digital como uno más de sus Objetivos de Desarrollo Sostenible. Más sobre ello en próximas entradas.

 

 

 

 

 

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