Equivalente a ‘sin clasificar’. Parte del caos, pues; pero algún sentido tendrá el impulso que llevó a escribirla.

Tecnología y responsabilidad social

En McKinsey se preguntan si «la Inteligencia Artificial puede ayudar a la sociedad tanto como a los negocios«. Su conclusión es que es posible, aunque no está garantizado. Su conclusión es que depende de dos condiciones:

  • Que las empresas adopten las tecnologías con el objetivo de acelerar la innovación y el crecimiento, y no como una estrategia para eliminar personal y reducir costes.
  • Que la adopción de la tecnología se acompañe de medidas para gestionar de modo activo los cambios laborales que han acompañarla, y más en concreto gestionar las habilidades de los empleados.

Su conclusión es que hace falta que las empresas incorporen a su estrategia el concepto de «Responsabilidad Social de la Tecnología«, que equilibre de forma consciente el alineamiento entre los objetivos de negocio a corto y medio plazo y los impactos sociales a más largo plazo.

Añadiría que esta nueva responsabilidad debería extenderse también a quienes desarrollan las nuevas tecnologías y a quienes les financian. El argumento de que si es posible desarrollar una tecnología hay que desarrollarla es falaz, interesado y, en algunos casos, ética y socialmente irresponsable.

Son dos buenos QUÉ a los que, como en tantos otros ámbitos, tienen todavía un considerable déficit de cómos. Un tema a seguir durante los próximos meses, o quizá más.

Paywalls: Un estímulo para no dilapidar la atención

Supongo que no soy el único que debe haber notado últimamente la tendencia de muchas publicaciones electrónicas de poner fin el acceso ilimitado (iba a decir libre, pero la libertad es otra cosa) a sus contenidos. Los ejemplos, por nombrar sólo algunas de aquéllas que tienen la gentileza de enviarme regularmente un correo electrónico con los titulares de sus contenidos, incluyen el New York Times, el Washington Post, Wired, Business Week o Medium (además de otras a las que estoy suscrito hace tiempo, como The Economist o The New Yorker).

Debo confesar que en un principio esta tendencia me irritó, por cuanto no me parecería sensato afrontar el gasto de tantas suscripciones, aparte de que el conjunto de sus contenidos tendría una dosis alta de redundancia. Un artículo en Techcrunch sobre este asunto me ha hecho, sin embargo, cambiar de postura. Por dos motivos.

El primero es personal. Veo ahora esta limitación en el número de fuentes electrónicas a las que pueda acceder como un estímulo a decidir conscientemente hacia dónde enfocar mi atención. Creo que muchos fuimos ingenuos considerando como deseable un futuro en que toda la información del mundo fuera fácilmente accesible para todo el mundo. Porque ese futuro utópico conlleva también «La paradoja de la elección«, sobre la que otros han escrito mejor de lo que yo podría hacerlo aquí.

El segundo motivo para mi cambio de postura es la expectativa de que quizá una reacción en contra a esta proliferación de paywalls, en la línea del artículo de Techcrunch acabe resultando, como allí se propone, en un reconsiderar los principios y prácticas actuales del negocio de contenidos en Internet. Que tienen entre sus consecuencias las ‘fake news’ y el acoso abusivo de los publicistas.

Resumiendo. Retomando la conciencia de que «There’s no such thing as a free lunch», estoy escogiendo pagar con dinero mejor que con el alma.

 

Actuar como víctima o como agente: una cuestión de conciencia

Cito de una lectura de este verano:

«Quizá el ejercicio más importante de libertad personal es la decisión de si vivir como una víctima o como un actor».

El autor describe así la postura de quien escoge situarse como víctima:

«La víctima sólo presta atención a aquellos factores sobre los que no puede influir. Se ve a sí mismo como alguien que sufre las consecuencias de las circunstancias externas. La víctima mantiene su autoestima alegando inocencia. Sus explicaciones nunca lo incluyen, ya que no tiene nada que ver con el problema. Nunca reconoce ninguna contribución a la situación actual. Cuando las cosas van mal, la víctima busca a quien culpar […] Para la víctima, los problemas siempre vienen de las acciones de otras personas.»

Estamos viendo estos días demasiados ejemplos de esta postura. Porque es tentadoramente cómoda y satisfactoria. Porque el cambio de la actitud «víctima» a la actitud «agente» es de calado. Supone pasar del «Es imposible» a «Aún no hemos encontrado la solución»; de «Alguien debería hacer algo» a «Estoy dispuesto a dar un primer paso»; de «No tengo tiempo (o dinero)» a «Tengo otras prioridades».

El cambio de lenguaje es sólo un primer paso. Pero imprescindible para otros primeros pasos.

Más sobre filosofía, humanidades y ciencia

Un breve añadido a mi última entrada sobre Ciencia y Humanidades, con dos referencias pilladas en los medios.

Primero, la entrevista en la Contra a Sheldon Glashow, Premio Nobel de Física.

«No hay buena ciencia sin conciencia, sin conocimiento profundo del alma humana […] El buen científico es humanista. ¡Así son todos los buenos científicos que yo conozco! […] Sólo somos civilizados si aunamos ciencia y arte. Si un científico no es culto en humanidades, mal científico será.«

En segundo lugar, el descubrimiento a través de un artículo en The Economist que la formación inicial de Emmanuel Macron, el nuevo Presidente de Francia, fue como … filósofo.

Cito de nuevo a Marina Garcés:

«La filosofía es un pensamiento que transforma la vida«.

Continuará.

 

Me pongo a dieta, de noticias

Una entrada personal motivada por una viñeta de The New Yorker.

No todo lo que se hace pasar por noticia merece serlo. Ni toda la información que nos intentan vender como tal es útil.

Cuando era mucho más joven, un hermano de mi madre que me hizo de mentor, un profesional de éxito multinacional, pero sobre todo una persona sensata, me aconsejó que no leyera los diarios cada día. Que para entender por dónde iba el mundo me limitara a las revistas semanales: empezando por The Economist, añadiendo Time o Newsweek y una europea como The Spiegel o el Nouvel Observateur. (Es posible añadiera hoy una publicación como Delayed Gratification, una magnífica revista trimestral que resume e infografía lo más relevante del último trimestre).

La insistencia de mi tío en ponerme a dieta de sería mayor en esta época, en que resulta demasiado fácil encontrarse suscrito a varias docenas de newsletters para las que apenas encuentro tiempo de leer ni siquiera los titulares. (Me consta que no soy el único. Descubro con frecuencia a un nuevo colega que tiene varios miles de correos por leer en su buzón).

Así que he decidido ponerme a dieta de noticias. Llevo varias semanas borrándome de la lista de distribución de un par de decenas de fuentes. A ver si eso me ayuda a enfocarme.

¿Conectar mi cerebro a Internet? No, gracias.

En un artículo en The Economist se preguntan si «tenemos los humanos que asumir que necesitaremos implantes en el cerebro para seguir siendo relevantes».

La pregunta surge al hilo de la noticia de que Elon Musk, el CEO de Tesla e impulsor de otras empresas de tecnología avanzada, ha anunciado la formación de Neuralink,  una nueva empresa que tendría como primer objetivo producir dispositivos invasivos para diagnosticar o tratar enfermedades neurológicas.

Parece, sin embargo, que la intención de la empresa, o cuanto menos de su promotor, apunta más lejos. Musk ha manifestado en una entrevista que los humanos corren el riesgo de acabar siendo tratados como mascotas por artefactos dotados de inteligencia artificial. Propone como una posible solución añadir artificialmente al cerebro una capa digital que, conectada a Internet, multiplicaría la memoria y la capacidad de computación del cerebro, y por tanto nuestra inteligencia.

Una perspectiva que la comunicadora de la Singularity University glosa de este modo:

«Podríamos multiplicar por mil nuestra inteligencia e imaginación. Sería una disrupción radical en cómo pensamos, sentimos y comunicarmos. Al transferir nuestros pensamientos y sentimientos directamente a otros cerebros podríamos redefinir la socialización y la intimidad de los humanos. En último término, subiendo nuestro Yo completo a las máquinas nos permitiría transcender nuestra piel biológica y convertirnos en digitalmente inmortales.»

Dos objeciones. La primera es filosófica. Afirmaciones de este tipo dejan traslucir una concepción materialista, o informacionalista si se prefiere, del ser humano. Pero no está nada claro que esta concepción tenga ninguna base científica. Me parece más convincente la argumentación de nuestra naturaleza espiritual que presenta Markus Gabriel en («Yo no soy mi cerebro«)

La segunda objeción es estratégica. ¿Es inevitable que hayamos de competir con artefactos dotados de inteligencia artificial? ¿Cuál es el sentido de decidir crear esos artefactos para que compitan con nosotros? ¿No merecería ese asunto algún tipo de dictamen democrático?

Además, incluso si era competencia fuera inevitable, las normas elementales de la estrategia dictan que nunca hay que escoger el terreno más favorable para el adversario. Si los artefactos nos superan en inteligencia digital, por llamarla de algún modo, tendrá sentido retarles en ámbitos donde otro tipo de inteligencia sea la determinante. Volvernos más digitales sería sólo un modo de ser hacernos más similares a ellos, y por tanto más vulnerables.

Conmigo, desde luego, que no cuenten.

Imagen: Singularity University

Yo no soy mi cerebro y mi cerebro no es como un ordenador

“We see the world not as it is, but as we are──or, as we are conditioned to see it.” (Stephen Covey)

Una consecuencia de los innegables avances en la (mal) llamada inteligencia artificial es propiciar la reflexión acerca de la mente humana, de la naturaleza de la inteligencia natural y del rol del cerebro en la manifestación de esta inteligencia.

Desafortunadamente, mucho de lo que se publica al respecto evidencia la enormidad de la brecha que existe entre la visión cinetífico-materialista y la filosófico-humanista.

Por ejemplo, Javier Sampedro se refiere en El País a «la evidencia aplastante de que nuestra mente no es más que una colección de átomos.» No da pistas de esa evidencia, ni ofrece tampoco argumentos convincentes de cómo “una simple colección de átomos” es capaz de concebir avances científicos como, por ejemplo, la mecánica cuántica.

Menos aún podrá ese articulista argumentar cómo la simple colección de átomos que es su mente puede concebir que ella misma no es más que una simple colección de átomos. En cuyo caso ya no es tan simple, porque es una colección que tiene además alguna conciencia de su propia naturaleza.

El artículo «Is the Brain More Powerful Than We Thought?» proporciona otro ejemplo interesante. Según investigaciones recientes en UCLA, podría ser que las dendritas tuvieran en el funcionamiento del cerebro un papel más importante del hasta ahora contemplado. La consecuencia sería que «la capacidad de computación del cerebro sería 100 veces mayor de lo que habíamos pensado.»

Mi intuición es que a lo que realmente apunta esta investigación es a la posibilidad de que el ‘marco  mental‘ que asimila el cerebro a un ordenador sea equivocado. Posiblemente también lo sean los intentos de utilizar ordenadores para entender el funcionamiento del cerebro (más sobre éso en una próxima entrada). Quizá la realidad exceda a las capacidades de la computación, y lo que sucede es que, como dice el aforismo, cuando uno sólo tiene un martillo todo lo que ve le parecen clavos.

Una posibilidad a la que apunta desde el lado de la filosofía el notable libro de Markus Gabriel, del que reproduzco la portada. Una lectura que pienso debería ser obligada para cualquiera interesado en salvar la brecha entre ciencia y humanidades a la que me refería al principio. Me limitaré a reproducir algunos de sus puntos de partida, que en el resto del libro se desarrollan y fundamentan :

  • «La mente humana no es un fenómeno puramente biológico.»
  • «Somos seres espirituales que no pueden ser plenamente entendidos si se intenta basar nuestra imagen humana en el modelo de las ciencias naturales.»
  • «Los procesos hasta ahora solo esbozados para delegar nuestro autoconocimiento a las disciplinas científicas de nueva creación son ideológicos, y por tanto fantasías equivocadas.»

Una obra ambiciosa y atrevida, que muestra la diferencia entre un enfoque filosófico que aspira a entender y el de las ciencias naturales que se limitan a explicar.

 

 

 

 

 

Incluso fuera de Internet, si no eres el cliente, eres el producto

Hoy he dado una pequeña charla sobre liderazgo en esta feria sobre empleo.

Navegando un poco antes por su página web, he topado con la pantalla de registro:

  • Gratis si eres estudiante o buscas trabajo.
  • Pagando si eres un profesional.

Me ha venido a la memoria eso que hemos aprendido en Internet: «Si no eres el cliente, es que eres el producto.»

Más tarde, abriéndome camino entre los jóvenes que se agolpaban frente a los stands de las empresas, pensaba en ello.

La exponencialidad no es una causa, sino una consecuencia

“Idea TFP” is defined as the ratio of the output of ideas to the inputs used to make them.

Es cada vez más habitual que se nos presente la evolución exponencial de las tecnologías poco menos que como resultado de una ley natural e incontestable. Algunos creen en ella, o así lo aparentan, con una fe poco distinta de la religiosa. Otros intentan construir una teoría integrada de la tecnología, presentándola como una fuerza sobrenatural a la que la condición humana y la sociedad tienen la obligación de acomodarse.

A este respecto, los estudios sobre la interacción entre tecnología y sociedad han puesto repetidamente de manifiesto la falacia ideológica inherente a considerar tecnología y sociedad como dos entidades independientes. De hecho, es posible argumentar de forma plausible que el desencadenante de la Revolución Industrial no fue tanto el desarrollo tecnológico como la adopción de la ideología del capitalismo de mercado.  El modo en que las tecnologías se desarrollaron en los laboratorios e implantaron en la sociedad estuvo (y está) directamente influido por el impulso de inversores, que cada vez en mayor proporción son inversores corporativos, representantes de grandes capitales.

Por eso me parece interesante reseñar un estudio de investigadores de Stanford (.pdf) que argumenta que la productividad en la producción de ideas lleva décadas disminuyendo de forma notoria; el ritmo de crecimiento de la tecnologia se mantiene o aumenta como consecuencia de multiplicar los esfuerzos en I+D:

«Exponential growth results from the large increases in research effort that offset its declining productivity.«

Si estos investigadores han hecho bien su trabajo, cuando nos hablen de la evolución exponencial de las tecnologías tendremos que tener en mente que es una consecuencia de un impulso inversor creciente. «Follow the Money«. Al considerar el impacto en la sociedad de las tecnologías exponenciales  hemos de pensar en qué tipo de impacto persiguen quienes invierten en ellas. Podría continuar, pero ahí lo dejo por ahora.