¿Conectar mi cerebro a Internet? No, gracias.

En un artículo en The Economist se preguntan si «tenemos los humanos que asumir que necesitaremos implantes en el cerebro para seguir siendo relevantes».

La pregunta surge al hilo de la noticia de que Elon Musk, el CEO de Tesla e impulsor de otras empresas de tecnología avanzada, ha anunciado la formación de Neuralink,  una nueva empresa que tendría como primer objetivo producir dispositivos invasivos para diagnosticar o tratar enfermedades neurológicas.

Parece, sin embargo, que la intención de la empresa, o cuanto menos de su promotor, apunta más lejos. Musk ha manifestado en una entrevista que los humanos corren el riesgo de acabar siendo tratados como mascotas por artefactos dotados de inteligencia artificial. Propone como una posible solución añadir artificialmente al cerebro una capa digital que, conectada a Internet, multiplicaría la memoria y la capacidad de computación del cerebro, y por tanto nuestra inteligencia.

Una perspectiva que la comunicadora de la Singularity University glosa de este modo:

«Podríamos multiplicar por mil nuestra inteligencia e imaginación. Sería una disrupción radical en cómo pensamos, sentimos y comunicarmos. Al transferir nuestros pensamientos y sentimientos directamente a otros cerebros podríamos redefinir la socialización y la intimidad de los humanos. En último término, subiendo nuestro Yo completo a las máquinas nos permitiría transcender nuestra piel biológica y convertirnos en digitalmente inmortales.»

Dos objeciones. La primera es filosófica. Afirmaciones de este tipo dejan traslucir una concepción materialista, o informacionalista si se prefiere, del ser humano. Pero no está nada claro que esta concepción tenga ninguna base científica. Me parece más convincente la argumentación de nuestra naturaleza espiritual que presenta Markus Gabriel en («Yo no soy mi cerebro«)

La segunda objeción es estratégica. ¿Es inevitable que hayamos de competir con artefactos dotados de inteligencia artificial? ¿Cuál es el sentido de decidir crear esos artefactos para que compitan con nosotros? ¿No merecería ese asunto algún tipo de dictamen democrático?

Además, incluso si era competencia fuera inevitable, las normas elementales de la estrategia dictan que nunca hay que escoger el terreno más favorable para el adversario. Si los artefactos nos superan en inteligencia digital, por llamarla de algún modo, tendrá sentido retarles en ámbitos donde otro tipo de inteligencia sea la determinante. Volvernos más digitales sería sólo un modo de ser hacernos más similares a ellos, y por tanto más vulnerables.

Conmigo, desde luego, que no cuenten.

Imagen: Singularity University

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