Consecuencias colaterales de la aceleración social

Social AccelerationTengo a medio leer «Social Acceleration: A New Theory of Modernity«. Lo recomendaría con reservas, porque es una escritura densa, algo académica, que no intenta ser liviana y fácil de asimilar, o que por lo menos no lo consigue.

Extraigo, así y todo, un párrafo de la introducción que me parece crucial:

«The acceleration that is a constitutive part of modernity crosses a critical threshold in ‘late modernity’ beyond which the demand for societal synchronization and social integration can no longer be met.»

Pienso en ello, porque me sugiere dos preguntas inquietantes:

  • ¿Cuáles están siendo o serán las consecuencias de no poder satisfacer esa ‘demanda de integración y sincronización social’?
  • Supongamos que existe una voluntad consciente que impulsa esa aceleración social que desintegra y desincroniza. ¿Cuál es su identidad o naturaleza? ¿Cual su propósito?

 

Artefactos fuera de control: ¿Quién se hace responsable?

161108 IoT MessEn este tiempo de informaciones desbocadas y tiempo acelerado, la noticia del ataque pirata a un centro neurálgico de Internet el 21/10/2016 ha dejado de ser de actualidad. Muchos de los que la registraron la habrán incluso olvidado.

No debería ser así. Porque para que el incidente no se repita, la próxima vez corregido y aumentado, habría que señalar a los responsables de que ocurriera y también a quienes se hayan de responsabilizar de las acciones correctoras oportunas. Y no tenemos ninguna garantía de que eso se esté haciendo.

Los hechos

El Viernes 21 de Octubre, un elemento clave de la infraestructura de Internet fue el objetivo de una serie de ataques cibernéticos a gran escala. El acceso de millones de usuarios a algunos de los mayores proveedores de servicios y contenidos de Internet, como Twitter y Spotify, quedaron interrumpidos durante horas.

El incidente puso de manifiesto cómo un ataque masivo a un nodo concreto de Internet puede afectar al conjunto de la Red.

El diagnóstico

Según los expertos, lo que diferenciaba a este ataque DoS (Denegación de Servicio) se otros precedentes fue el uso como asaltantes de artefactos de la Internet de las Cosas (IoT) pirateados, en lugar de ordenadores, como era lo habitual. Lo que hace posible este tipo de ataque son agujeros en la seguridad de muchos de estos nuevos aparatos conectables a Internet.

  • Para bien o para mal, nos hemos acostumbrado a que a los usuarios se nos haga responsables a los usuarios de mantener al día la seguridad de nuestros ordenadores. Lo cual no sucede, por lo menos todavía, al respecto de los artefactos que empiezan a configurar el Internet de las Cosas.
  • Resulta verosímil que las mafias rusas, grupos terroristas o incluso unidades de terrorismo de Estado sean responsables directos de este ataque. Hágase justicia, si se puede. Pero sin olvidar que han sido otros, los diseñadores, constructores e implementadores de artactos IoT con graves fallos de seguridad quienes les abrieron la puerta. La responsabilidad empieza por tomar conciencia de que el mal existe e interiorizar las consecuencias.

La pregunta

En el caso de los fármacos, existen en todos los países reglas, regulaciones e instituciones que establecen comprobaciones que han de superar los nuevos medicamentos antes de ponerse a la venta. ¿No tendría sentido diseñar y poner en práctica algo parecido al respecto de los artefactos conectados a Internet?

Una pregunta que no deja de ser un caso particular de una cuestión de fondo: la postura de la industria tecnológica (y de los ilustrados–TIC que le prestan apoyo incondicional) que sostiene que la legislación, la regulación y las normas sociales se han de adaptar a los intereses de la industria en lugar de lo contrario y habitual: que sea la industria la que se ha de adaptar a las normas sociales y a la regulación, aunque ello le supongo bajar el ritmo. La cuestión de la propiedad intelectual y de la privacidad, por citar sólo dos, son ejemplos al respecto.

Empieza a haber ya demasiadas ocasiones en que la industria tecnológica, enarbolando la bandera de un progreso supuestamente indiscutible, se comporta de un modo socialmente irresponsable. Acaparando las ganancias y dejando a otros que lidien con los daños colaterales. Quizá sea ya hora de que cuestionar este status-quo. Los artefactos tecnológicos tienen, inevitablemente, ideología y política. Conviene reforzar, aunque sólo sea como contrapeso, las políticas sobre tecnología. Queda mucho por hacer.

 

 

Crédito de la imagen: https://mondaynote.com/cheap-iot-threatens-the-internet-c7b44ab390f9#.sf9tnf462

No es la tecnología la que suprime trabajos

161019b blog

Podemos predecir con toda seguridad que las nuevas tecnologías (robots, drones y artefactos guiados por la mal llamada inteligencia artificial) no eliminarán ni un solo puesto de trabajo, ni a corto ni a medio plazo. Y, al mismo tiempo, pronosticar que el uso que se hará de esas tecnologías cambiará el mundo del trabajo de forma radical. Eliminando puestos de trabajo a corto plazo; quizá también creando nuevas profesiones y empleos, pero tal vez ni en la misma cantidad ni al mismo ritmo.

No es una contradicción. Porque no son las pistolas las que matan, sino los pistoleros. Ni los pinceles quienes pintan, sino los pintores. Del mismo modo, lo que amenaza con destruir puestos de trabajo no es la tecnología, sino quienes la utilizan como herramienta con el único criterio de producir más (o mejor), aunque sea a costa de eliminar puestos de trabajo. En su visión de progreso, el desarrollo tecnológico es un imperativo que no se discute, y la reducción de puestos de trabajo sólo un daño colateral inevitable como consecuencia.

El trasfondo ideológico de esta visión del mundo es bien conocido. El crecimiento económico y los beneficios se consideran prioritarios, por encima de cualquier otra consideración social. Para ello, capital y trabajo se consideran como insumos intercambiables en el proceso económico; la proporción adecuada de cada uno es en cada caso la que produzca el mayor beneficio económico. 161019 Blog

Un informe reciente de la OCDE («The Labour Share in G20 Economies«, (pdf)) evidencia con cifras y gráficos una persistente tendencia a reducir el peso económico del trabajo. De ellos se desprende:

  • Que el crecimiento de los salarios lleva años siendo mucho menor que el de la productividad.
  • Que se constata una reducción significativa del peso del trabajo en el conjunto de la economía. Una reducción que, dicho sea de paso, es mayor en España que en el resto de los países analizados en el informe.

Todo ello está ya teniendo lugar antes del despliegue masivo de robots y otros artefactos animados por software ‘inteligente’. Como señala el informe de la OCDE, la reducción del peso del factor trabajo no es una consecuencia de la tecnología, sino de que:

(1) Una buena parte del incremento en los beneficios se acumula en el sector financiero.

(2) Los beneficios de las empresas no financieras se han utilizado cada vez más para pagar dividendos y para invertir en activos financieros, en lugar de para inversiones productivas.

Como en otros asuntos de la post-modernidad, los males están más claros que los remedios. Hace pocos días, en una entrevista en La Contra de La Vanguardia, un experto en inteligencia artificial diagnosticaba que «la amenaza a la Humanidad no son las máquinas, sino los hombres». Resumía así su propuesta ante esta amenaza:

«Hay que tener en cuenta las consecuencias sociales e introducir la automatización al paso que la sociedad la puede absorber […] Debemos saber manejar las oportunidades y consecuencias de la tecnología que se está ­desarrollando y que en estos momentos está potenciando los problemas sociales con la destrucción del empleo. Y los políticos no saben solucionarlo

Cabría quizá añadir que tampoco los que desarrollan esas tecnologías dan precisamente muestras de una gran conciencia de responsabilidad social. Parece pues que será necesario repensar a la vez la tecnología junto con la política y la economía; esto es,  junto con los mecanismos de poder para crear un organismo social más sano. Porque los efectos del más de lo mismo  son a la vez predecibles e indeseables.

¿Viven la tecnología como una religión?

161025 BlogUn artículo en Aeon, una nueva publicación de Internet, a la cual confieso no saber cómo llegué, me lleva hasta la noticia de la publicación de «Utopia is Creepy«, el último libro de Nicholas Carr, una de mis tecno-críticos preferidos.

Sin haber tenido tiempo de leerlo todavía, transcribo y comento alguno de los párrafos del artículo, que dan una idea de por dónde está Carr disparando sus tiros.

«La mayor de las religiones originarias de los Estados Unidos […] es la religión de la tecnología.»

David Noble, un historiador demasiado poco conocido, escribió hace tiempo en la misma línea en «La religión de la tecnología«. En su conclusión apuntaba que:

«La religión de la tecnología se ha convertido en un hechizo común […] La expectativa de una salvación última a través de la tecnología, sea cual sea el coste humano y social, se ha convertido en una ortodoxia tácita, reforzada por un entusiasmo pro la novedad inducido por el mercado […] De este modo, se permite el desarrollo tecnológico sin restricciones para continuar a paso acelerado, sin un escrutinio o supervisión serios: sin razón. [Porque] desde el interior de la fe, todas las críticas parecen irrelevantes e irreverentes.»

El planteamiento de Carr, por lo general menos académicamente riguroso que el de Noble, parece llevar a conclusiones similares. Sostiene que Silicon Valley vende más que artefactos y software: vende una ideología. Lo cual, dicho sea de paso, resulta bastante evidente para quien siga con una mínima atención las publicaciones de los sacerdotes de la Singularity University y sus acólitos.

Carr acaba su artículo con una frase que dejo como una cuestión a meditar:

«Corremos en masa hacia lo virtual porque lo real nos exige demasiado.«

Es posible que sea una verdad a medias, pero incluso esa media verdad merece, creo yo, una reflexión seria. Individual y colectiva.

Es algo personal

Según el titular de una entrevista en La Contra,

Facebook ya sabe si Clinton va a ganar y por cuánto

Me parece un uso poco preciso del lenguaje. Facebook no sabe nada; es gente con nombres y apellidos dentro de Facebook. Es gente concreta la que decide interpretar los datos que sus usuarios regalan a Facebook, así como qué hacer con ello. Es también gente concreta a la que se tendría que poder pedir responsabilidades, también concretas, sobre el uso de esos datos.

Se trata, desde luego, una cuestión personal. Igualmente cuando se hace una referencia a «los mercados» en relación al precio de algo, la prima de riesgo o cuestiones así. Los mercados no existen. Es gente concreta, con nombres y apellidos y despachos concretos en edificios concretos los que toman decisiones en nombre del mercado, ese ente ficticio al que se asigna el beneficio de la invisibilidad y demasiado a menudo de la impunidad.

Alguien puede pensar, desde luego, que se trata de una matización irrelevante, o quizá demasiado fina. Sin embargo, todos sabemos que algo cambia cuando nos tomamos una cuestión como algo personal. “Take care of the sense – dice la Duquesa a Alicia – and the sounds will take care of themselves». Pues eso.

Snapchat: Una cuestión de valores

160524 Snapchat

Leo por ahí que Snapchat prepara salir a Bolsa con una valoración que podría llegar hasta los 25.000 millones de dólares.

Añadiré este dato a la lista de fenómenos que me resultan incomprensibles. En particular, me cuesta entender:

  • Que una app de estas características genere un uso tan intenso como al parecer reflejan las estadísticas.
  • Que haya un esquema de valoración sensato según el cual una empresa que hoy genera una ventas del orden de los 300 millones de dólares pueda de verdad valer casi 100 veces más.

El hecho de que se me escape la lógica (si es que se trata de una lógica) que atrae a los jóvenes a Snapchat puede ser una cuestión de edad, de características cerebrales o de educación. La viñeta del New Yorker sugiere que no debo ser el único al que le ocurre algo parecido.

Sobre el otro punto, el de la valoración, supongo que mi dificultad es la de imaginarme haciendo el trabajo de los Morgan Stanley y similares. En parte, porque tengo edad suficiente para recordar como algunos tampoco entendíamos la lógica que llevó a la burbuja y consecuente pinchazo de la burbuja de las punto_com.

En cualquier caso, no puedo evitar que alianzas (o contubernios) de este tipo entre Silicon Valley – Wall Street me traigan a la cabeza imágenes de un pacto faustiano, con todas sus consecuencias. Un pacto en el que nunca son los bienintencionados los que ganan.

Para completar la lista de tus NO

Fuck

Pillo esta foto en la cabecera de una diatriba sobre los valores (discutibles) con los que algunos configuran la ética start-up.

Se me ocurre que más de uno tendrá la tentación de aplicar la misma foto de cabecera a unas cuantas temáticas adicionales.

Cada cual puede hacer su lista. O incluso compilar las listas de todos en algún sitio. Aunque sólo sea para desahogarse un momento. Pero que sea para seguir luego trabajando en algo que valga realmente la pena.

En la ceremonia de compromiso de uno de los talleres de Creative Leadership en Kaospilot, cada uno de los participantes pronunció solemnemente, en presencia del grupo, una frase tal que así:

«En mi futuro como líder creativo, asumo el compromiso de [____________]
diciendo que SÍ a [________________]
y diciendo que NO a [____________]«.

Últimamente, la lista de los NO con la que completaría el titular se está haciendo más larga. Afortunadamente, la de los SÍ resulta cada día más clara.

El inmobiliario corrompe el crowdfunding

160906 BlogSuponía que todos estábamos de acuerdo en haber interiorizado el efecto desastroso de la combinación de dos errores:

  • Permitir que el sector inmobiliario se convirtiera en motor de la economía.
  • Permitir que el sector financiero fuera la gasolina de ese motor (y no de otros).

Los titulares de estas semanas, que anuncian como una buena noticia la recuperación del inmobiliario, hacen temer que estemos a punto de que las fuerzas del mal estén volviendo a las andadas. Con el añadido de que, añadiendo la guinda del ‘crowdfunding, se incita a convertir en especuladores inmobiliarios a segmentos más amplios de la población.

En su origen, el crowdfunding era un mecanismo de financiación para apoyar proyectos empresariales, culturales o sociales al margen del ‘sistema’. Pero esta nueva moda utiliza el crowdfunding, corrompiendo su espíritu inicial, para reforzar un sistema (la inversión/especulación inmobiliaria) que ya ha demostrado sobradamente ser perverso.

Según el profesor García Montalvo (UPF), citado en el artículo de La Vanguardia,

Están proliferando este tipo de proyectos porque los fondos de inversión y la bolsa proporcionan rentabilidades tan bajas al ahorrador, en ocasiones hasta negativas, que se está volviendo al ladrillo”.

Me asaltan varias dudas/inquietudes:

  • ¿No hay algo profundamente disfuncional en un entorno empresarial y financiero que no es capaz de ofrecer otras alternativas de inversión responsable a los ahorradores?
  • ¿No podrían quienes tienen poder para ello imponer políticas, fiscales como mínimo, que desincentivaran la inversión/especulación inmobiliaria y primaran otras alternativas?
  • Movimientos de este tipo no pueden tener otro efecto que aumentar el déficit en vivienda asequible. ¿No podría generarse una alternativa en base a la combinación de políticas públicas y de innovación/emprendimiento social, incluyendo tal vez mecanismos de crowdfunding ético?

Necesitamos, con urgencia, imaginar y articular nuevos relatos, y nuevos proyectos a partir de ellos. Hay causa sobrada sobre el PARA QUÉ. Hay pistas plausibles sobre los QUÉ. Pienso que, como en otros asuntos de interés colectivo, tenemos un déficit de CÓMO.

Este tecnoutópico, ¿se engaña o nos engaña?

160804 Kevin KellyVagabndeando por una de mis librerías favoritas, me he topado con el último libro de Kevin Kelly. Dudo que lo lea. Tengo un mal recuerdo, como de tiempo perdido, de «What Technology Wants«, un libro anterior. Lo encontré superficial, y a menudo irritante. Por afirmaciones como ésta, por ejemplo:

«Un soneto de  Shakespeare y una fuga de Bach están en la misma categoría que el motor de búsqueda de Google y el iPod: Algo útil producido por una mente.»

Pero, sobre todo, por su intento (grosero, diría yo) de postular que la tecnología evoluciona siguiendo leyes del mismo orden que las que guían la evolución de la Naturaleza.

«No podemos pedir que la tecnología nos obedezca, como tampoco podemos pedir a la vida que nos obedezca.«

La diferencia (evidente) es que la tecnología no evoluciona de modo autónomo, sino bajo el impulso de los humanos que la imaginan, la crean, la diseñan, la producen, la comercializan, invirtiendo tiempo y dinero en todo ello. Lo que rige la evolución de la tecnología son pulsiones e intereses de los humanos y no leyes naturales, ni mucho menos inmutables.

Pero el autor se esfuerza, prefiero pensar que conscientemente, en ocultarlo. Contrariamente a lo que sugiere la portada de su libro, las tecnologías no son «fuerzas inevitables«: sólo instrumentos. Un martillo no es una fuerza; sólo transmite la fuerza de quien lo empuña. Una pistola no dispara; lo hace quien aprieta el gatillo.

Por eso me ha interesado más «The 4th Revolution«, una de las obras de un profesor de filosofía de Oxford. Uno de sus puntos de partida es que:

«La gran oportunidad que ofrecen las TIC conlleva también una enorme responsabilidad para entenderlas y sacar provecho de ellas del modo adecuado.»

Entender exige observar y explorar puntos de vista:

«El tecnófilo y el tecnófobo hacen la misma pregunta: Qué es lo nuevo? El filósofo se pregunta que es lo que hay detrás.»

Sobre ‘lo que hay detrás’, un medio nada sospechoso de ludismo The Economist se refería en estos términos a los frikis (‘geeks’) de Silicon Valley:

«El imperio de los frikis saca su fuerza de una cultura de la tecno-evangelismo que permite a los empresarios a replantear los sistemas antiguos y abrazar nuevas. Muchos habitantes del valle creen que la tecnología es la solución a todos los males y que el gobierno es sólo una molestia que aún carece de un algoritmo.» (The Economist, «Inside Silicon Valley: Empire of the Geeks«).

Aunque confieso no sentir precisamente admiración por los políticos y los gobiernos que nos han tocado, no creo que lo que corresponda sea sustituirlos por un algoritmo creado por algún friki de Silicon Valley. Deberíamos ser capaces de concebir ideas mejores e incluso de ponerlas en práctica.

 

 

Sobre la interpasividad, desde el Vaticano

Blog 160802Me llaman la atención algunos párrafos de palabras del Papa Francisco en su reciente viaje a Polonia (que, sorprendentemente, conozco a través de The New York Times). Los extraigo directamente de la web del Vaticano.

«Esto es también para nosotros el secreto de la alegría: no apagar la buena curiosidad, sino participar, porque la vida no hay que encerrarla en un cajón. Ante Jesús no podemos quedarnos sentados esperando con los brazos cruzados; a él, que nos da la vida, no podemos responderle con un pensamiento o un simple «mensajito».» (De una homilia).

Hay más referencias a la tecnología, también de soslayo, pero diría yo que intencionadas en un discurso ante jóvenes:

«Existen situaciones que nos pueden resultar lejanas hasta que, de alguna manera, las tocamos. Hay realidades que no comprendemos porque sólo las vemos a través de una pantalla (del celular o de la computadora). Pero cuando tomamos contacto con la vida, con esas vidas concretas no ya mediatizadas por las pantallas, entonces nos pasa algo importante: sentimos la invitación a involucrarnos.«

En un entorno que nos ofrece tantas tentaciones de interpasividad, el mensaje del Papa va más allá de la religión:

«El mundo de hoy pide que seáis protagonistas de la historia porque la vida es linda siempre y cuando queramos vivirla, siempre y cuando queramos dejar una huella. La historia nos pide hoy que defendamos nuestra dignidad y no dejemos que sean otros los que decidan nuestro futuro. […]

No vinimos a este mundo a «vegetar», a pasarla cómodamente, a hacer de la vida un sofá que nos adormezca; al contrario, hemos venido a otra cosa, a dejar una huella. Es muy triste pasar por la vida sin dejar una huella. Pero cuando optamos por la comodidad, por confundir felicidad con consumir, entonces el precio que pagamos es muy, pero que muy caro: perdemos la libertad. No somos libres de dejar una huella. Perdemos la libertad. Este es el precio. Y hay mucha gente que quiere que los jóvenes no sean libres.»

No sabría ahora mismo qué añadir.