Un reto para el transporte público

Blog 160803Es noticia estos días que Uber ha acordado vender sus operaciones en China a Didi Chuxing, un competidor local. Un suceso que poco más o menos se anticipaba en un artículo reciente en la MIT Technology Review. Lo que en principio puede verse como de derrota, para el CEO de Uber es una fusión entre grandes que aspiran a gigantes:

«Today we’re announcing our intention to merge Uber China with Didi Chuxing […] Uber and Didi Chuxing are investing billions of dollars in China and both companies have yet to turn a profit there. Getting to profitability is the only way to build a sustainable business that can best serve Chinese riders, drivers and cities over the long term. I have no doubt that Uber China and Didi Chuxing will be stronger together.«

Aunque los titulares de estos días se centrarán con casi total seguridad en esta fusión, creo que lo más interesante de la visión de Didi Chuxing, según el artículo de Technology Review, no se refiere a los taxis, sino a los autobuses urbanos:

«The bus is like an expanded carpool shuttle service: instead of taking a public bus with many stops, and maybe no seats left, and uncomfortable, we offer a shuttle-­like service with typically just one or two stops. All the seats on the bus are prebooked. We can [use our years of data] to determine popular origins and destinations, where commuters are basically making the same journey in the morning. With the scale of this network, we can pull people together.«

Vemos ahora que ni las compañías de taxis ni las administraciones públicas que les otorgan licencias han querido, podido o sabido diseñar y poner en práctica a tiempo estrategias efectivas para competir con depredadores como Uber. En Barcelona, TMB ofrece servicios de información bastante efectivos a través de la Web y del móvil. Pero sólo emiten información sobre la oferta; no la piden, recogen ni procesan sobre la demanda.

«¿Querrán/sabrán/podrán los gestores del transporte público de las ciudades imaginar y crear un futuro para el autobús urbano como el que apunta la emprendedora china?»

Ni lideran ni negocian

Blog 160802 cEncabezo la entrada con el recorte de titulares de El País sobre la negociación política en curso. Me traen a la memoria, por contraste, una recomendación básica de los principios elementales de la negociación.

«Hay que ser estrictos en relación con el problema, pero suaves con las personas.»

Lo mismo se aplica al liderazgo. Porque, en palabras de Peter Drucker:

«“Sólo hay tres cosas que pasan espontáneamente en una organización: fricción, confusión y rendimiento por debajo de lo esperado. El resto requiere liderazgo.”

«El objetivo principal del liderazgo es la creación de una comunidad de personas unida por el vínculo común de un propósito compartido.”

Las conclusiones, desde mi punto de vista, son evidentes. Suspenso a todos en ambas asignaturas. Me queda la duda de si la cuestión de fondo es que no saben o no quieren. O ambas cosas a la vez.

Hacen falta alternativas a estos inversores

160725 blogDicen por ahí que no hay que desperdiciar nunca una buena crisis, porque los errores y las dificultades son una gran oportunidad de aprendizaje.

Me temo, sin embargo, que no hemos aprendido lo suficiente de la crisis inmobiliaria. Había una coincidencia amplia acerca de los excesos del ladrillo, de su peso excesivo en la economía, de los efectos sociales negativos de la especulación inmobiliaria, etcétera. Uno hubiera, quizá ingenuamente, esperado que la sociedad en su conjunto, y las administraciones públicas en particular, hubieran aprovechado este tiempo de crisis para diseñar y poner en marcha políticas e instrumentos para evitar que la historia se repita. Pero este titular de La Vanguardia (y éste de El País) son un síntoma de que no es así, de que el sector está listo para volver a las andadas.

El texto del artículo contiene apuntes igualmente preocupantes:

    • Los inversores se ven atraídos por la alta rentabilidad que da ahora el alquiler de vivienda.
    • La presión de compradores  de alto poder adquisitivo está volviendo a expulsar a las familias de clase media hacia los barrios periféricos. “En el centro vuelve a haber locuras” reconocen los inmobiliarios.
    • Otros inversores buscan, más que rentas por alquiler, especular con una subida de precios, porque se considera que aún hay recorrido al alza desde los precios actuales hasta los que había antes de la crisis.

Se dibuja pues un panorama en que la inversión y la especulación inmobiliarias (si es que hay diferencia entre ambas) está volviendo por sus fueros. Sin que mientras tanto haya una estrategia y unas políticas claras que aseguren el acceso a una vivienda asequible (en compra o alquiler) a segmentos muy amplios de la población.

Entretanto, algún avispado emprendedor/especulador está aprovechando el boom de la economía colaborativa para promocionar una especie de crowdfunding inmobiliario. Su mensaje es que «gracias a las nuevas tecnologías cualquier persona [puede] invertir en inmuebles y así conseguir una buena rentabilidad por el alquiler y la apreciación de los mismos.»

Quisiera equivocarme, pero presumo que detrás de esta propuesta no hay más ética que la de la especulación en terrenos e inmuebles (un bien ficticio, recordemos, según Karl Polanyi). Con el añadido nocivo de incitar a un mayor número de ciudadanos a convertirse en especuladores colaborativos.

Creo que se impone considerar una alternativa:

¿Sería posible crear, entre administraciones, inversores éticos y particulares, un esquema de inversión en vivienda de alquiler accesible que supusiera una alternativa viable a la de los especuladores?

 

Eso no es un aprendizaje profundo

160718 Einstein BlogPensad en alguien sabio, o incluso simplemente experto, que conozcáis. Pensad en una pregunta del tipo «¿Cómo funciona …?» sobre algo que forme parte de su dominio.

¿Qué pensarías si la respuesta fuera algo así como : «La verdad es sólo sé que funciona, pero no entiendo ni cómo ni por qué«?

No sé vosotros, pero mi confianza en ese experto bajaría algunos puntos.

Todo eso viene a cuento de un artículo en Wired sobre los nuevos programas de inteligencia artificial, a los que han dado a calificar como de «deep learning» (aprendizaje profundo). Traduzo los párrafos relevantes:

«Nuestras [sic] máquinas están empezando a hablar un lenguaje distinto, uno que incluso los mejores programadores no pueden entender del todo […] En la programación tradicional, un ingeniero escribe instrucciones explícitas que el ordenador sigue paso a paso. Ahora los programadores no codifican instrucciones para el ordenador. Lo entrenan. Si quieres enseñar a una red neuronal a reconocer a un gato […] le muestras miles de fotos de gatos, y finalmente aprende. Si todavía etiqueta a los zorros como gatos, no reescribes el código. Sigues entrenándolo.«

Combinado con los Big Data, este enfoque está haciendo furor. Se publican predicciones acerca de la aplicación de la inteligencia artificial para todo; Amazon incluso anuncia la oferta de capacidades de inteligencia artificial como servicio.

Si, tal como parece, se trata de una técnica factible, útil y rentable, a buen seguro que acabará por imponerse. Probablemente más pronto que tarde.

Pero, como señala el artículo de Wired, hay un problema:  Con este enfoque, el programador nunca sabe con precisión cómo el ordenador toma sus decisiones, porque la secuencia de redes neuronales enlazadas que realizan los cálculos se comporta esencialmente como una caja negra.

Para mí, eso es casi exactamente lo contrario de un ‘aprendizaje profundo‘. Llamadme malpensado, pero el hecho de que se haya escogido ese calificativo me hace recordar la cita de Jaron Lanier:

«Promueven una nueva filosofía: que el ordenador evoluciona hacia una forma de vida que puede entender a las personas mejor de lo que las personas se pueden entender a sí mismas.»

Con un añadido: Una vez se empiece a aceptar que los ordenadores adquieren conocimiento, aumentará la presión para cederles espacio en los procesos de decisión. Lo que, en la práctica, equivale a ceder ciegamente poder en aquellos que han programado cajas negras que protejerán como cajas negras.

Habrá que ir pensando en tácticas de resistencia. Porque, en el fondo, se trata de una batalla por acumular riqueza y poder.

En este contexto, las manifestaciones del CEO de Microsoft suponen un rayo de esperanza:

«La Inteligencia Artificial debe ser transparente. Tenemos que tener conciencia de cómo funciona la tecnología y cuáles son sus reglas […] La gente debe entender cómo la tecnología ve y analiza el mundo. La ética y el diseño van de la mano.»

Es buen objetivo. Que partamos de la ética para diseñar tecnología y procesos. Porque, hoy por hoy, todo apunta a que quienes dominan el diseño de la tecnología dejan la ética de costado.

Acabo con una cita de Bertrand Rusell que ha aparecido por aquí:

«El gran problema del mundo es que los locos y los fanáticos están siempre tan seguros de sí mismos, mientras que la gente más sabia está llena de dudas.«

Pues eso.

Una historia de espíritu emprendedor

160717 blogCuentan que el organizador de uno de estos macrofestivales de música tuvo la idea de empezar a ofrecer una retribución a los asistentes por cada vaso de plástico o lata vacía que le devolvieran, sin límite de cantidad. Quizá por conciencia cívica, para evitar en lo posible que el espacio quedara convertido en un vertedero. Quizá para ahorrar costes. No lo sabemos.

Sí sabemos, porque nos lo cuenta un profesor de emprendimiento, que había  habitualmente dos perfiles de personas que aprovechaban este incentivo: los jóvenes que conseguían así dinero para una cerveza más. También emigrantes emprendedores que pagaban la entrada no para escuchar música, sino para obtenenr alguna ganancia a base de canjear cuantos más residuos mejor.

Cuentan que un año el profesor llevó a su hijo de 14 años al festival y le puso en antecedentes de este esquema de limpieza. Luego se separaron, porque cada uno tenía sus preferencias sobre qué música escuchar y en qué compañía. Al reencontrarse, el padre supo que su hijo no había disfrutado demasiado de la música, pero sí había en cambio recogido 150€ canjeando vasos y envases. Le pareció oportuno felicitarle por su espíritu emprendedor.

Al cabo un par de semanas, padre e hijo negociaban qué compensación habría de corresponder a éste último por ajudar a limpiar a fondo, pintar y renovar un enorme trastero de la casa. Cuenta el padre que les costó hacer que su hijo comprendiera que un salario de 150€ por hora excedía los límites de lo que él encontraba razonable.

¿Moraleja?

Antes de proponer la tecnología como solución, ¿sabemos cuál es el problema?

160629 BlogNos bombardean últimamente (más de lo ya habitual, quiero decir) con mensajes que sostienen que la tecnología es o será la solución de (casi) todos los problemas que a los que nuestras sociedades se enfrentan. La tecnología traerá, como mínimo, crecimiento económico, trabajos, eficiencia, bienestar y comodidad.

Por ejemplo, el mensaje de la Singularity University es:

«Educar, inspirar y empoderar a los líderes para aplicar tecnologías exponenciales a fin de abordar los grandes retos de la humanidad.«

Su argumento no carece de mérito, pero tiene en mi opinión un muy importante punto débil: los mayores problemas del mundo no son tecnológicos, sino sociales. La tecnología puede ser un instrumento para abordarlos, incluso un elemento necesario, pero sólo uno de ellos.

Extraigo y traduzco algunos párrafos de un artículo reciente de Ethan Zukerman (nada sospechoso de tecnofobia) sobre este tema:

«Sucede muy raramente que la tecnología proporcione por sí misma una solución robusta a un problema social. Una aproximación tecnológica que tenga éxito para resolver un problema social requiere cambios en leyes y normativas, además de incentivos de mercado para hacer que cambie de escala.«

Pero los discursos tecnoutópicos al uso soslayan esa complicación.

«Lo que es difícil es la síntesis – aprender a usar la tecnología como parte de una solución sociotécnica bien diseñada. A veces, esas soluciones requieren avances profundos en la tecnología. Pero casi siempre exigen la formación de equipos complejos, multifuncionales, que trabajen conjuntamente con la gente a la que se supone que la tecnología tiene que ayudar y aprendan de ellos.»

Sucede, sin embargo que:

  1. Cuando la tecnología se usa para abordar los síntomas de un problema, pero no sus causas, lo normal es que el problema se enquiste o incluso empeore.
  2. Hay una brecha (de mentalidad, lenguaje, enfoque, habilidades) entre la comunidad de quienes tienen sabiduría y vocación tecnológica y la de quienes tienen sabiduría sobre la sociedad y vocación de mejorarla. Formar y hacer funcionar esos equipos multifuncionales es ya un reto en sí mismo.
  3. No es infrecuente que la intención prioritaria de quienes propagan  discursos tecnológicos formalmente basados en la mejora de la sociedad o de la vida de los individuos no sea ésa, sino ganar cuotas de dinero o de poder. A lo largo de la historia, el dominio de la tecnología, la acumulación de riqueza y la ganancia de poder no han sido ámbitos disjuntos. No lo son tampoco hoy en día.
  4. Tampoco tecnología y márqueting son ámbitos disjuntos. En particular, Silicon Valley es hoy tan potente como productor global de tecnología que como maquinaria de propaganda. Mensajes como «La misión de Google es organizar la información del mundo y hacerla accesible y útil de forma universal» o «La misión de Facebook es dar a la gente el poder de compartir y hacer un mundo más abierto y conectado» son brillantes desde la óptica publicitaria; pero es obvio que no son veraces.

La pregunta final de Zuckerman:

«¿Podemos encontrar una síntesis en la que los tecnólogos adopten una mirada crítica a su trabajo y a la vez trabajen estrechamente con la gente a la que tratan de ayudar para construir sistemas sociotécnicos que aborden problemas complejos?.»

Creo que es posible, pero no trivial. Porque, como recuerda un aforismo sajón, cuando uno sólo tiene un martillo, todo lo que ve son clavos. Más sobre esta temática en próximas entradas.

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Sir Tim Berners-Lee reconsidera

160615 blog

Leo por ahí que Sir Tim Berners-Lee, el creador de la World Wide Web y director of the World Wide Web Consortium (W3C) lidera un proyecto para explorar cómo diseñar una nueva fase de la red. ¿Por qué? Porque, como manifestó ya en 2010 en un artículo en Scientific American que merecía más atención de la que obtuvo, no está para nada satisfecho con algunas de las consecuencias del invento que hace 27 años, regaló al mundo.

Para uno de los impulsores del grupo de expertos reunido al efecto:

«Edward Snowden mostró que con la web hemos construido sin querer la mayor red mundial de vigilancia. China puede impedir que la gente lea según que cosas, a la vez que, en la práctica, unos pocos proveedores de servicios organizan ‘de facto’ la experiencia de los usuarios. Tenemos la capacidad de cambiar todo esto.»

Según la prensa, las conversaciones iniciales del grupo se centraron en la aplicación de posibilidades tecnológicas (criptografía, blockchain, nuevos medios de pago, …) que no estaban disponibles cuando Berners-Lee diseñó y programó la arquitectura de la WWW, con el objetivo de descentralizar el sistema y evitar, o por lo menos disminuir, concentraciones excesivas de poder sobre la red.

Sin embargo, como admite el propio Berners Lee,

«No tenemos un problema de tecnología. Lo que tenemos es un problema social.»

Yo pienso más bien que lo que tenemos es en el fondo un problema político. La tecnología y los artefactos tecnológicos (la WWW lo es) tienen política, y su gobierno exige incorporar (también) una perspectiva política.

Queremos que la Red sea un bien común y se gestione como tal, pero no se tomaron en su momento las medidas apropiadas para garantizarlo. En parte porque la cuestión de cómo gestionar desde una perspectiva común es todavía una cuestión (importante) abierta a debate.

Sobre esta cuestión no puedo dejar de preguntarme qué hubiera pasado si en vez de regalar en su momento la arquitectura de la WWW, Berners Lee la hubiera licenciado. Recordemos que el origen de la fortuna de Bill Gates estuvo en su decisión de no licenciar en su momento MS-DOS a IBM, sino de reclamar una (pequeña) cantidad por copia instalada. Casi seguro que un esquema similar hubiera convertido a Berners-Lee en billonario.

Pero podría haberse también pensado en una licencia que no conllevara una contraprestación económica, como las de Creative Commons o las de software abierto. La Web se inventó en Europa, pero fue desde Silicon Valley desde donde se apropiaron antes de la tecnología para luego liderar la industria y la ideología de la industria. Recordemos, por ejemplo, que Netscape, teniendo su navegador Web como producto estrella, salió a Bolsa en un tiempo récord, iniciando de hecho lo que se acabaría convirtiendo en la burbuja de las punto.com.

¿Fue Berners-Lee estratégica y geopolíticamente ingenuo en su momento?

Entradas recientes relacionadas con esta cuestión:

 

 

Un relato desengañado sobre tecnoambiciones

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Una pieza reciente de Ethan Zuckerman en Medium incide sobre un tema ya abordado en entradas anteriores: el contraste entre las realidades actuales del panorama tecnológico de hoy y las expectativas/promesas de los tecno-utópicos de hace diez años.

Traduzco algunos párrafos, pero os invito a leer el artículo completo:

«Hace algunos años, los ciberutópicos de mi generación, personas que no éramos lo suficientemente estúpidos para creer que Internet haría automáticamente que el mundo fuera mejor, pero sí éramos los suficientemente estúpidos para creer que los valores y las tendencias de Internet nos llevarían hacia un mundo mejor, empezamos a entrar en crisis. Una de nuestras mayores esperanzas era que Internet y centralización fueran intrínsecamente opuestos. Que las barreras de entrada son tan bajas que siempre habría competidores, que siempre habrían opciones. Hoy, cuando Amazon devora toda la venta al menor, Facebook toda la comunicación, Google todo el descubrimiento, es díficil continuar creyendo en ello.»

La historia que describe es la de una brecha entre las ambiciones y las buenas intenciones y los efectos colaterales no deseados. La de no tomar suficientemente en cuenta desde un principio que la tecnología da poder, y que si ese poder puede usarse a favor de intereses particulares, aunque sea a expensas de los intereses de muchos otros, alguien lo hará.

Zuckerman escribe que está inmerso en el desarrollo de un sistema de contenidos basado en la tecnología de blockchain que impida puntos de centralización como los actuales. Su conclusión, que suscribo:

«Debemos empezar a pensar en cómo construir sistemas que no sean sólo nuevos e innovadores […] No es un nuevo mundo – es una operación de rescate […] No tuvimos éxito la primera vez en construir una web descentralizada, porque las soluciones fáciles desplazaron a las correctas; pero lo podemos hacer ahora, porque entendemos los riesgos de la centralización.«

Añadiría que la respuesta a esta cuestión necesitará implicar no sólo pensamiento técnico, sino también pensamiento político, en un sentido amplio. La tecnología y los artefactos tecnológicos acaban teniendo aspectos políticos, si es que no los tienen desde un principio. Y, cuando se trata de política o de poder, la inociencia no sólo no funciona; puede incluso ser culpable.

Cuando los robots llaman a la puerta …

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La figura reproduce la portada del suplemento Dinero de La Vanguardia de 12/6/2016.

Más que el contenido del reportaje, me interesa comentar lo que omite. Una cuestión, a mi entender fundamental:

«Si los robots llaman a la puerta, es que alguien los programa para que lo hagan. Alguien, también, paga a esos programadores, hemos de suponer que con algún interés e intenciones. ¿Cuáles en concreto?«

Por si no encontramos ocasión de preguntárselo, puede ser útil recordar, algunas lecciones de la anterior Revolución Industrial, ahora que se anuncia una nueva. Cito una vez más a Karl Polanyi:

«En el corazón de la Revolución Industrial del siglo XVIII se puede comprobar un perfeccionamiento casi milagroso de los instrumentos de producción y a la vez una dislocación catastrófica de la vida del pueblo.«

Aventuraré que la sustitución de puestos de trabajo por robots puede tener un paralelo en las enclosures de los principios de la Revolución Industrial. Los grandes terratenientes vallaron y parcelaron las propiedades de cuyo cultivo vivían los aparceros y dedicaron la tierra a pastos para las ovejas que habían de proporcionar la lana que las nuevas fábricas textiles necesitaban para hacer rentable su maquinaria. Los campesinos perdieron su fuente de subsistencia, siendo invitados a migrar a las ciudades, donde se convirtieron en mano de obra desprotegida, a menudo en condiciones infrahumanas. Cito de nuevo a Polanyi:

«Escritores de todas las opiniones y partidos, conservadores y liberales, capitalistas y socialistas, han hablado indefectiblemente de las condiciones sociales bajo la Revolución Industrial, describiéndolas como un verdadero abismo de degradación humana.»

Esta situación se tardó varias décadas en corregirse. ¿Podría reproducirse ahora? Convendría pensar en ello antes de ensalzar a los robots como progreso o aceptarlos como parte de un futuro incontrolable. Vuelvo de nuevo a Polanyi:

«Si el efecto inmediato de un cambio es deletéreo, entonces, hasta que no se pruebe lo contrario, su efecto final también será deletéreo […] El ritmo del cambio, comparado con el de la adaptación, decidirá qué es en realidad lo que debe ser considerado en el resultado neto del cambio.»

Sobre este particular, lo que preocupa es oir hablar tanto de disrupción exponencial, pero nada de adaptación exponencial.

Capitalistas por la reforma del capitalismo

blog_160613aAntón Costas, Catedrático de Economía y Presidente del influeyente Círculo de Economía, escribe en El País sobre «El capitalismo y sus descontentos«.

Recuerda, es oportuno que lo haga, que en circunstancias similares en las primeras décadas del siglo pasado, «los descontentos con [los excesos] del capitalismo llevaron a apoyar a los populismos que en Europa derivaron en nacionalismos extremos y en fascismos de variado tipo«. (Véase sobre el particular el imprescindible «La gran transformación» de Karl Polanyi).

La consecuencias son tristemente conocidas:

«La sociedad liberal se derrumbó. Sólo después de dos guerras la democracia y una relativa igualdad retornaron de la mano de la socialdemócratas y los cristiano demócratas que apoyaron un modelo de economía de mercado pragmático con el Estado social como instrumento esencial para garantizar las oportunidades y la cobertura de riesgos sociales.«

Las circunstancias actuales son en buena parte similares. Las finanzas condicionan la economía y la política, a expensas de las condiciones de vida de segmentos crecientes de la población. Que, dicho sea de paso, aguanta la crisis con un estoicismo o una resignación mucho mayor de lo esperable.

¿Su propuesta de solución?

«Reactivar los valores de la sociedad liberal y los principios de la economía de mercado. Preguntarnos, en primer lugar, por lo que nos une como sociedad para regenerar el pegamento que en el pasado reconcilió capitalismo con igualdad y democracia. Y, en segundo lugar, poner en marcha una política radical contra las prácticas monopolísticas y de cartelización que impiden la competencia, esquilman a los consumidores con precios de monopolio y profundizan la desigualdad.«

Una propuesta con grandes carencias, a mi modesto entender.

  • Porque, ante una situación que pide a gritos una reforma a fondo, plantea sólo una vuelta atrás, a las décadas de la democracia cristiana y la socialdemocracia. Modelos ambos cuyo agotamiento fue precisamente lo que dejó el espacio a la ideología neoliberal que ahora casi todos critican. Eso, sin mencionar que, por lo menos en nuestros lares, ni los partidos políticos de esas enseñas ni sus líderes generan precisamente entusiasmo ni confianza. Aún con sus defectos, planteamientos como el «Postcapitalismo» de Paul Mason proponen bases más interesantes.
  • Porque, ¿estamos todos convencidos de que existió realmente un pasado en que capitalismo estaba de verdad, y no sólo superficialmente, reconciliado con igualdad y democracia?
  • Porque, quizá como corresponde a un catedrático de Universidad, plantea QUÉ se debe hacer, pero elude todo comentario acerca de CÓMO llevarlo a término. Es fácil, en efecto, preguntarse qué nos une como sociedad. Pero lo que se necesitan son respuestas, si es que existen, y gentes con el compromiso y las habilidades para liderar un proceso que las haga emerger.

Su receta, en fin, se centra en «elegir un tipo de capitalismo que sea compatible con la igualdad y la democracia«. Pero no está claro que esto sea posible, al menos no en base a los clichés al uso. En «La paradoja de la globalización« un libro que parece haberse olvidado demasiado pronto, Dani Rodrik planteaba «un trilema político fundamental de la economía mundial: no podemos perseguir simultáneamente democracia, autodeterminación nacional y globalización económica». Una llamada de atención a tomar en cuenta cuando los ideólogos y los partidarios de la globalización son los primeros en esgrimir las ventajas de la economía de mercado.

Al respecto de la crisis, de cuyas consecuencias, lo queramos o no, estamos hablando, Rodrik escribe que «los economistas (y quienes les prestan atención) habían llegado a confiar demasiado en su narrativa preferida» y que «el orgullo desmedido genera ceguera«. Para no olvidarlo.