La verdad es que …

Vivimos en tiempos complejos y confusos, llenos de tensiones y contradicciones. Cuesta separar el grano de la paja, distinguir entre apariencia y realidad, entre esencia y oropel, entre auténtico y postizo, entre verdadero y falso. Como ilustra la viñeta de The New Yorker, la búsqueda de ‘la verdad’, incluso de verdades parciales se está convirtiendo en algo cada vez más fatigoso.

Entre otras cosas, porque. si bien abundan recetas y prescripciones para conseguir la verdad, resultan a menudo contradictorias. ¿Quién ha colocado esta señal – se puede estar preguntando la pareja – y con qué conocimiento?

En este contexto, o quizá precisamente a causa del mismo, no faltan quienes proclaman ruidosamente su verdad, intentando que la aceptemos como la verdad. Lástima que no todos los que les oyes, menos aún los que les escuchan, se hagan la reflexión que se plantean los simios de la viñeta de The New Yorker.Así andamos, descubriendo a veces que nos han vendido como incuestionables (y hemos tomado en serio e internalizado como tales)  verdades, actuales y futuras, que ahora nos gustaría revisar, cuando no repudiar. Pienso en grandes temas colectivos, como el progreso, la democracia, la solidaridad o la vida en sociedad. También en aspectos individuales como la integridad, el respeto, la lealtad o la fidelidad.

Lo cual, aunque pueda parecer contradictorio, nos lleva a desconfiar de las nuevas utopías y de la autoridad intelectual y ética de quienes proclaman sus bondades (ilustrativo a este respecto, el artículo de Manuel Cruz en El País). También a cuestionar algunas innovaciones disruptivas, el ‘move fast and break thinks’ que algunos presentan, sin argumentos, como un imperativo ineludible, como el signo de los tiempos. Incluyendo futuros (del trabajo, del humanismo, del conocimiento, de la vida en sociedad) que nos presentan como consecuencia del impacto de la tecnología cuando tenemos motivos para sospechar que son más bien proyectos de futuro de algunos que esgrimen las tecnologías (sus tecnologías) como herramientas para acumular (todavía más) riqueza y poder.

En fin, que no tenemos ni idea de cuál de las dos viñetas que enmarcan este párrafo nos resonará cuando nos aproximemos a la verdad, en futuro o en presente.

Total, que cuando vuelva a escuchar a alguien empezar una frase con la coletilla «La verdad es que …«, cada vez más habitual, tendré la tentación por preguntarle por la naturaleza de la verdad. A saber qué contesta.

P.S. Creo que, en lugar de apuntarme a un curso de escritura cuando me jubile, lo hará a uno de dibujar viñetas.

 

 

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