Entradas

No es la inteligencia artificial lo que da miedo

El suplemento Ideas de El País de 18/3/2018, dedicado en buena parte a la inteligencia artificial, es un ejemplo de la promoción acrítica de una versión sesgada del progreso tecnológico y su impacto social (ya desde el imperativo «debemos» del titular principal).

(En el interior (de la edición papel), otro titular Lo que los coches pueden enseñarnos sobre los robots«) utiliza un léxico asimismo discutible, dado que es obvio que los coches no van a enseñarnos nada).

«Los tribunales y la sociedad en general tardaron un tiempo en entender tanto los aspectos técnicos del coche, como los problemas que planteaba el tráfico.»

Sí podemos aprender algo de la historia social de la introducción del automóvil, y en particular de su regulación. Como bien señala la articulista, las normas y restricciones sobre el uso del automóvil no se centraron inicialmente tanto en los aspectos técnicos de los vehículos como en los cambios en ordenación del espacio público tras la aparición de ese nuevo artefacto. Algo que en su momento incluyó innovaciones como carriles, señales de tráfico, zonas de aparcamiento en la calle, semáforos y pasos de peatones.

Ahora bien, cuando observamos el impacto global del automóvil en la ciudad, en aspectos como la proporción de espacio público que ocupa o su incidencia en la contaminación, ¿podemos estar igualmente satisfechos de cómo se ha regulado socialmente la proliferación del automóvil privado? ¿Qué hubiera pasado si, por ejemplo, se hubiera dado preferencia desde un primer momento al desarrollo del transporte público? Imagino que quien lo intentara encontraría una enorme presión en contra de los emprendedores de la industria del automóvil y de sus inversores, así como la reivindicación de los derechos individuales de los (inicialmente privilegiados) primeros usuarios del automóvil.

«Las tecnologías alternativas no son las que determinan cambios en las relaciones sociales; son más bien el reflejo de esos cambios.» (David Noble, «Forces of Production: A Social History of Industrial Automation»).

Pero sigamos a la articulista y aceptemos que la historia (y las consecuencias) de la introducción del automóvil pueden ayudarnos a pensar sobre la introducción (y las consecuencias) de la inteligencia artificial. Una primera conclusión sería entonces que, si a algo tenemos que temer, no es a la inteligencia artificial (tampoco tenemos miedo de los motores de explosión), sino a las motivaciones, la ética y la responsabilidad social las personas y grupos sociales que las diseñan, financian, despliegan y promueven.

No podemos a este respecto coincidir con la articulista cuando propone que:

«Son los ingenieros, los científicos de datos, así como los departamentos de marketing y los Gobiernos que usen o tengan que regular dichas tecnologías, quienes deben comprender la dimensión social y ética de la inteligencia artificial.«

No podemos hacerlo, porque precisamente historias como la del automóvil (o más recientemente la de la Web 2.0 y las redes sociales, por poner sólo un ejemplo) no conducen precisamente a confiar en exclusiva a esos colectivos la comprensión de las dimensiones éticas y sociales de las tecnologías. (Ver el artículo sobre robots sexuales en el mismo suplemento).

«Me parece asombroso que los tecnoevangelistas hagan alarde de que puede ofrecer una suerte de eterno progreso a la humanidad; sin embargo, tan pronto se les confronta con cuestiones éticas caen en el determinismo y el fatalismo.» (Rob Riemen, «Para combatir esta era«)

Otro artículo en el mismo suplemento, también sobre la inteligencia artificial, concluye que:

«Es necesario aumentar la conciencia sobre los límites de la IA, así como actuar de forma colectiva para garantizar que se utilice en beneficio del bien común con seguridad, fiabilidad y responsabilidad.»

Una conclusión bien intencionada, razonada y razonable. Si no fuera porque los recursos destinados a esa actuación colectiva para garantizar el bien común son mucho menores que los que utilizan quienes no consideran el bien común como su prioridad ni su responsabilidad.

El mayor peligro de la Inteligencia Artificial

Getty Images

Los medios se han hecho eco del sonoro enfrentamiento público entre Elon Musk (CEO de Tesla) y Mark Zuckerberg (CEO de Facebook) acerca de los peligros (o no) de la Inteligencia Artificial (IA).

Musk sostiene que (*):

«La IA es un riesgo central para la existencia de la civilización humana.»

La respuesta de Zuckerberg:

«Soy optimista. Y no entiendo a la gente que es negativa e intenta inventar escenarios apocalípticos. Creo que es bastante irresponsable

Musk replica en Twitter:

«He hablado con Mark sobre esto. Su entendimiento sobre el tema es limitado.»

Por debajo de la batalla de la batalla entre dos egos ‘king size’ subyace una cuestión más de fondo: la de si conviene o no regular ya el desarrollo de la IA.

Musk aboga por una regulación proactiva:

La IA es uno de los raros casos en los cuales creo que necesitamos una regulación proactiva en lugar de una reactiva […] Cuando se produzca una regulación reactiva, será demasiado tarde.»

Zuckerberg discrepa, apuntando implícitamente que la regulación retrasaría el desarrollo de la tecnología.

«La tecnología puede siempre utilizarse para bien o para mal, y uno ha de ser cuidadoso acerca de lo que construye, cómo lo construye y cómo se utilizará […] Pero discrepo de la gente que aboga por ralentizar el proceso de crear IA.»

Hay un dato que quizá ayude a entender la polémica. Musk está acostumbrado a que sus empresas actúen en mercados fuertemente regulados, como el del automóvil. Facebook aprovecha carencias en la regulación (p.e. sobre privacidad) para extender su negocio (no es el único; empresas como Uber o Airbnb hacen lo mismo en otros ámbitos). ¿Defendería Zuckerberg que Tesla se saltara las reglamentaciones sobre seguridad para desarrollar más rápidamente el mercado de sus automóviles? No lo creo.

Subyace por tanto la cuestión de los objetivos y prácticas de la regulación, especialmente la de las nuevas tecnologías. Una cuestión repleta de criterios y matices, que de ningún modo se puede despachar como lo hace uno de nuestros más ilustres ilustrados-TIC‘:

«Reclamar regulación sobre una tecnología o conjunto de tecnologías antes de que se desarrollen es un problema [porque] muy pocas veces se desarrolla de la manera adecuada, y tiende a basarse en la restricción de posibilidades […] Esperemos que esas peticiones de regulación no lleguen a ningún político temeroso e inspirado. Y mientras tanto, sigamos trabajando.«

Por supuesto que, como en el ejemplo de los automóviles que apuntaba antes, la regulación ha de basarse en la restricción de posibilidades. Porque tenemos el derecho a reclamar que el respeto a criterios éticos y sociales sea un requisito que se aplique previamente al desarrollo de una tecnología. La eficacia limitada de muchos organismos reguladores no ha de ser una excusa para obviar la necesidad de una regulación proactiva, sino en todo caso para diseñar e implantar mejores regulaciones y organismos reguladores.

Una explicación del impulso que está teniendo el desarrollo de la IA es que será una herramienta de acumulación de riqueza y poder, seguramente en mayor grado que otras tecnologías. El mayor riesgo realThe Real Threat of Artificial Intelligence«) es que esta acumulación genere desigualdades y desequilibrios imposibles de gestionar a posteriori.

«Los productos de IA […] tienen el potencial de transformar radicalmente nuestro mundo, y no sólo para mejor […] Recompondrán el significado del trabajo y la creación de riqueza, llevando a desigualdades económicas sin precedentes e incluso alterando el equilibrio global de poderes.

A medio plazo, por ejemplo, la IA tensionará aún más el pacto social entre capital y trabajo (cuya regulación ya es conflictiva), eliminando los trabajos de muchos, pero sin hacerse cargo de la factura de los daños colaterales. Sabemos que la Revolución Industrial generó dislocaciones sociales del mismo tipo, que costó varias décadas solucionar. Una regulación proactiva apropiada debería evitar que esta historia se repita, esta vez en mayor escala. Es una cuestión de ética y de responsabilidad social.

(*) Video, a partir del minuto 48.

¿Cuál es el futuro de ‘Yo doy’?

Me he propuesto la lectura (o re-lectura) de algunos de autores que explican cómo, por qué y hasta qué medida nuestro comportamiento es en ocasiones automático, bordeando en lo inconsciente, predeciblemente irracional.

Al empezar por «Influence: Science and Practice» de Robert Cialdini, he re-descubierto (porque en el fondo ya lo conocía, aunque no era del todo consciente de ello) el principio de reciprocidad:

«Hemos de intentar pagar, en especies, lo que otra persona nos ha proporcionado.«

Se trata de un principio muy arraigado en múltiples culturas, que tiene dos consecuencias paradójicamente dispares:

  • De una parte, es un elemento de solidaridad y cohesión social. Nos sentimos obligados a corresponder a alguien que nos ha hecho un favor o nos ha dado un regalo de buena fe.
  • De otra, proporciona oportunidades de manipulación a quienes saben usarlo, prescindiendo de la ética si les conviene, para propiciar en otros respuestas que, de no mediar el principio de reciprocidad, nunca serían aceptadas.

La oferta de regalos, nominalmente gratis y sin ataduras, es uno de los trucos más poderosas para abusar del principio de reciprocidad. Si un visitador de un laboratorio farmacéutico invita a un médico a un congreso, mejor aún en un lugar turístico apetecible, es más probable que el médico se sienta obligado a corresponderle con pedidos o recetas. Si un restaurante nos invita a café o a una copa de cava nos sentimos casi obligados a dejar una propina, incluso por un importe mayor que el coste de la invitación. La idea está clara; no creo que hagan falta más ejemplos.

Inmerso en estas reflexiones, un artículo en The Guardian («Companies are making money from our personal data – but at what cost?«) me ha recordado que empresas como Google o Facebook usan también el principio de reciprocidad. Aceptamos como regalo el indudable atractivo de los servicios que ofrecen, firmando a cambio (sin leerlo) un contrato que les genera beneficios multi-billonarios.

La erosión inconsciente de nuestra privacidad es una consecuencia cada vez más evidente de esta práctica, pero quizá no la más socialmente peligrosa. Porque se está poniendo de manifiesto que:

Es por ello que empiezan a despuntar propuestas (p.e. en The Economist o en la Harvard Businesss Review) de regular estas empresas de modo comparable a como se regularon en su momento a las que dominaban sectores clave como la energía o las telecomunicaciones.

Mucho me temo, sin embargo, que sería ilusorio confiar, como mínimo a corto plazo, en que tengan lugar cambios regulatorios realmente eficaces. Como el que representaría obligar a Google y Facebook a separar sus actividades de recogida de datos (por medio del buscador o de la red social) de su negocio de publicidad, obligándoles a ofrecer en condiciones competitivas el acceso a terceros de los datos que recogen. Por eso habrá que considerar formas de resistencia pasiva o activa.

Si alguien ha leído hasta aquí quizá se pregunte por la respuesta al titular de esta entrada. La extraigo del libro de Cialidini. Cuenta que una profesora de escuela le envió esta respuesta de un alumno a un ejercicio sobre el uso adecuado del pasado, presente y futuro verbales:

Q: El futuro de yo doy es ____________?
A: Yo tomo.

¿En qué tipo de empresa debe trabajar hoy ese alumno tan espabilado?

 

¿Existe una inopia tecno-optimista?

Copio de una entrevista en La Contra de La Vanguardia (“O regulamos las tecnológicas o seremos sus subempleados”, 4/7/2017). Agrupo en tres bloques sus opiniones sobre el poder las grandes empresas tecnológicas norteamericanas y sus consecuencias.

De entrada, una afirmación que los datos vienen a respaldar:

«Vivimos una revolución global, acelerada y despiadada […] Google, Facebook y Amazon ya son hoy los monopolios más poderosos de la historia con el mayor valor bursátil que jamás ha tenido empresa alguna y un poder omnímodo.

Luego, una interpretación en clave de política global:

«Son el brazo neocolonial del poder americano. […] No es la tecnología la que impone su ley. Es la política neocolonial.«

Parece algo radical. Pero conviene no olvidar que ya en 1993 la Administración Clinton, en un documento titulado “Technology for Economic Growth”, justificaba en estos términos su estrategia de impulso a las tecnologías de la información, y en especial a las ligadas a Internet:

Hoy más que nunca el liderazgo tecnológico es vital para los intereses nacionales de los Estados Unidos […] Nuestra capacidad para dominar el poder y la promesa de los avances en las tecnologías punta determinarán en gran medida nuestra prosperidad nacional, nuestra seguridad y nuestra influencia global.«

Finalmente, el entrevistado en La Contra adelanta una predicción:

«Si no los obligamos a cumplir nuestras leyes, nos convertirán en neoproletarios de su paleocapitalismo digital […] Y los políticos europeos o han sido comprados o aún viven en la inopia tecnooptimista.«

Este último concepto, el de inopia tecnooptimista, me ha recordado el de ‘sonambulismo tecnológico’ acerca del que  Langdon Winner ya advertía en 1986 («La ballena y el reactor«):

«Una noción más reveladora es la del sonambulismo tecnológico  […] En el terreno técnico repetidamente nos involucramos en diversos contratos sociales, las condiciones de los cuales se revelan sólo después de haberlos firmado […] Caminamos dormidos voluntariamente a través del proceso de reconstrucción de las condiciones de la existencia humana.«

Ninguno de nosotros lee la letra pequeña de los contratos que (de modo apenas consciente) firmamos con las plataformas tecnológicas. Pero lo que es todavía más grave, es que la promoción y operación de estas plataformas no está hoy por hoy sujeta a ningún tipo de contrato social, ni siquiera en letra pequeña.

Sobre este fenómeno, Winner apuntaba que, tal y como los hechos están corroborando:

«La construcción de un sistema técnico que involucra a seres humanos como partes de su funcionamiento requiere una reconstrucción de los roles y las relaciones sociales.»

Y sin embargo,

«En nuestro tiempo las personas a menudo están dispuestas a realizar cambios drásticos en su forma de vida para dar cabida a la innovación tecnológica mientras que se resisten a cambios similares que se justifican en el terreno político […] Fascinados por el sueño de una revolución espontánea y rural, los tecnólogos evitan todo análisis profundo de las instituciones que controlan la dirección del desarrollo tecnológico y económico.«

En este contexto, la propaganda de Silicon Valley propone adaptar la legislación a la tecnología, cuando lo apropiado sería exactamente lo opuesto.

Seamos conscientes de que detrás de esta subversión de valores que propone primar lo tecnológico sobre lo social hay una hay una voluntad firme, que se aprovecha de la inopia tecnooptimista y del sonambulismo tecnológico. Estemos avisados.

Propuesta de reflexión

«A partir de la reflexión sobre un artefacto o una plataforma tecnológica que utilicéis habitualmente, ¿podéis identificar un efecto colateral del que hubiérais preferido ser previamente advertidos? «

 

 

 

 

La simplicidad es un buen principio

Mi esposa y yo estamos volviendo a ver «El Ala Oeste de la Casa Blanca«. ¿Por qué? Porque es mucho mejor que la mayor parte de lo que se puede ver por la tele estos días. Además, hace tiempo que tenía ganas de hacerlo con un bloc de notas a mano y tomar apuntes. Quizá para un taller de liderazgo, algún día (Borgen sería otra posibilidad).

Segunda temporadade la serie. Episodio «17 People». Encuentro en YouTube este fragmento sobre una trama secundaria.

[youtube https://www.youtube.com/watch?v=NXPLirJRGDQ&w=800&h=450]

Sam y Ainsley Hayes (una abogada republicana que forma parte del equipo) discuten sobre la Equal Rights Amendment, una propuesta de enmienda a la Constitución de los EEUU, cuyo primer artículo  rezaba así:

«La igualdad de derechos ante la ley no puede ser negada ni restringida por los Estados Unidos o por ningún Estado por motivos de sexo.«

Para sorpresa de Sam, Ainsley se opone a la enmienda, por considerarla redundante:

AINSLEY
The 14th Amendment which says a citizen of the United States is anyone that's
born here... that's me... and that no citizen can be denied due process. I'm
covered. Make a law for somebody else.

Más adelante,

SAM
If the Amendment's redundant, what's your problem if it's passed or not?

AINSLEY
Because I'm a Republican! Have we met? I believe that every time the federal
government hands down a new law, it leaves for the rest of us a little less freedom. So
I say, let's just stick to the ones we absolutely need to have water come out of
the faucet and our cars not stolen. That is my problem with passing a redundant law.

Todo ello viene a cuento de una entrada anterior sobre la (¿excesiva?) complejidad de la regulación, en general. Y de constatar que existe en España una Ley Orgánica (3/2007) para la igualdad efectiva entre hombres y mujeres, cuyos 78 artículos ocupan 35 densas páginas a dos columnas en el BOE.

¿Redundante? Pienso que Ainsley Hayes nos remitiría al artículo 14 de la Constitución española:

Artículo 14Los españoles son iguales ante la ley, sin que pueda prevalecer discriminación alguna por razón de nacimiento, raza, sexo,religión, opinión o cualquier otra condición o circunstancia personal o social.

Cierro convencido de que la simplicidad bien aplicada, también a la regulación, es siempre un objetivo y un buen principio.

Un principio que sería útil tomar en cuenta a la hora de regular lo relativo a la innovación disruptiva y las tecnologías exponenciales. Este artículo («Exponential growth devours and corrupts«) propone algunos principios simples, pero no demasiado simples. Tema para próximas entradas.

La regulación con sentido es un reto para cualquier inteligencia

Llevar a la práctica el ‘Brexit’ obligará al Gobierno Británico a reponer, transponiéndolas o adaptándolas, todas las leyes y regulaciones de la Unión Europea que dejarán de ser vigentes en el Reino Unido una vez se consume la separación.

Un trabajo considerable. Traduzco del documento oficial del Gobierno:

«No hay una cifra única acerca de cuánta legislación de la UE forma parte de la legislación del Reino Unido. De acuerdo con EUR-Lex, la base de datos legal de la UE, actualmente hay más de 12.000 reglamentos de la UE vigentes […] La investigación de la Biblioteca de la Cámara de los Comunes indica que alrededor de 7.900 instrumentos legales han aplicado la legislación de la UE.«

Un diagnóstico aque asusta. En primer lugar, porque la propia administración no está segura de cuántas regulaciones europeas está en teoría aplicando (ni cuáles, en consecuencia). Pero, y sobre todo, porque intuyo que la comprensión e interiorización de decenas de miles de reglamentos, cada uno de ellos probablemente con decenas o centenares de artículos, está fuera del alcance de la capacidad de la inmensa mayoría de las mentes.

Lo cual, más allá del caso británico (porque supongo que la mayoría de esas mismas regulaciones deben estar vigentes en España), propicia varias cuestiones :

  1. Dado que es imposible que cada uno de nosotros las conozca y las entienda, ¿cuál es la probabilidad de que estemos incumpliendo alguna de estas decenas de miles de leyes o reglamentos sin ni siquiera ser conscientes de que existen?
  2. ¿Son todas estas regulaciones realmente necesarias? ¿No cabrían enfoques alternativos para ordenar el funcionamiento de la sociedad?
  3. ¿Cuál sería la metodología y la técnica más eficiente para transponer esa legislación, como se proponen hacer los británicos? ¿Y para modificarla y hacerla más comprensible?

Al respecto de esta última cuestión, ¿podría la inteligencia artificial ayudar a la natural en estas tareas de re/regulación?

Por coincidencia o no, han aparecido en mi pantalla varias lecturas que sugieren una respuesta positiva:

  • «JPMorgan Software Does in Seconds What Took Lawyers 360,000 Hours«. El banco trata de simplificar sistemas y evitar redundancias. Un nuevo software lleva a cabo en segundos tareas que requerían 360.000 horas de trabajo (in)humano.
  • «Beyond Tech: Policymaking in a Digital Age«. Una propuesta de rediseñar el proceso de elaboración de normas y, en última instancia, la elaboración de leyes. A medida que aumenta la complejidad de la sociedad, la probabilidad de que la primera versión de una regulación resulte ser la correcta es pequeña. Se habrá de aprender a perfeccionar leyes imperfectas.

Ahora bien, como la tecnología es un arma de dos filos, y como el dominio de estas tecnologías expertas está cada vez más en manos de intereses privados, tendríamos que dar por supuesto que aparecerán propuestas de ‘inteligencias privadas’ para ‘ayudar’ al legislador. Síntomas de ello aparecen ya en las publicaciones cómo ésta («How can we regulate the digital revolution?«) del  World Economic Forum:

«Como son tantas las cuestiones normativas que aparecen al respecto de los nuevos modelos de negocio que utilizan tecnologías exponenciales, algunos propietarios de negocios están adoptando un rol proactivo. […] Necesitan trabajar con los gobiernos  ​​para desarrollar regulaciones flexibles, transparentes y participativas, basadas en nuevos modelos de colaboración entre los sectores público y privado […] con miras a optimizar los resultados, el impacto y la sostenibilidad«.

La cuestión, sin embargo, es determinar el sentido preciso de esta ‘optimización’, que para los autores del artículo, es que «los innovadores tengan la libertad de aplicar las tecnologías de mañana sin que las regulaciones de ayer las reduzcan.«

¿Cómo nos posicionamos ante la perspectiva de que aparezcan sistemas de inteligencia artifical legisladora, con capacidades posiblemente superiores a las de los políticos y los organismos reguladores y legisladores actuales? (lo que tampoco, dicho sea de paso, parece mucho pedir).

Estos revolucionarios trabajan para el establishment

4th industrial revolutionLa propaganda sobre la supuestamente inevitable Cuarta Revolución Industrial proporciona un ejemplo más de la trampa de las elecciones binarias que apuntaba en otra entrada.

Según el Word Economic Forum (WEF), uno de los promotores más visibles de la idea,

«Estamos al borde de una revolución tecnológica que alterará los fundamentos del modo en que vivimos, trabajamos y nos relacionamos unos con otros. Por su escala, alcance y complejidad, esta transformación no tendrá parangón en nada de lo que la humanidad haya experimentado hasta ahora.»

Ante esta inminencia supuestamente inevitable e imparable, la palabra clave en las recomendaciones del WEF es adaptarse:

«Las empresas deben forzosamente adaptar el modo en que diseñan, venden y entregan productos y servicios.»

«En último término, la capacidad de los sistemas de gobierno y las autoridades públicas para adaptarse es lo que determinará su supervivencia.»

«Las autoridades reguladoras deben adaptarse continuamente a un entorno nuevo y rápidamente cambiante, reinventándose para entender realmente lo que están regulando.»

Un planteamiento que bien puede calificarse como de darwinismo social, porque limita las opciones a una simple elección binaria: adaptarse o morir. Como no todo el mundo será capaz de adaptarse, se da por sentado que se producirán con toda seguridad daños colaterales. Pero, al plantear la revolución como inexorable e imparable, como si fuera el resultado de un designio divino, se eluden varias cuestiones clave:

  • ¿Podemos estar razonablemente seguros de que los beneficios de esta revolución serán mayores que los daños colaterales?
  • ¿Quién se hará, en su caso, responsable de compensar a quienes resulten perjudicados?
  • ¿Cómo se prevé adjudicar y/o repartir los beneficios que se generen?

Además, y en paralelo, parece obligado cuestionar que esta revolución y el modo que se plantea sea realmente inevitable. El mismo documento del WEF da pie para ello:

«No la tecnología ni la disrupción que conlleva son fuerzas exógenas sobre las que los humanos no tienen control. Todos nosotros somos responsables de guiar su evolución, en las decisiones que tomamos a diario como ciudadanos, consumidores e inversores. Debemos aprovechar la oportunidad y el poder que tenemos para dar forma a la Cuarta Revolución Infustrial y dirigirla hacia un futuro que refleje nuestros objetivos y valores comunes

Una frase que abre más interrogantes de los que resuelve. Porque las fuerzas que empujan esta nueva revolución industrial están por el momento fuera de nuestro control, si es que entendemos por nuestro el de las personas que no estamos invitados a las conversaciones de Davos. A menos, claro está, que la referencia a todos nosotros englobe sólo al establishment que lidera este discurso revolucionario.

En cualquier caso, un reto de liderazgo y de gobernanza para quienes piensen que hay (o que debería haber) más posibilidades que las que ofrece una elección binaria, quienes quieran influir desde sus objetivos y valores comunes en las elecciones y decisiones sobre este futuro que algunos ya han empezado a dibujar y construir. Más sobre ello en próximas entradas.

 

Artefactos fuera de control: ¿Quién se hace responsable?

161108 IoT MessEn este tiempo de informaciones desbocadas y tiempo acelerado, la noticia del ataque pirata a un centro neurálgico de Internet el 21/10/2016 ha dejado de ser de actualidad. Muchos de los que la registraron la habrán incluso olvidado.

No debería ser así. Porque para que el incidente no se repita, la próxima vez corregido y aumentado, habría que señalar a los responsables de que ocurriera y también a quienes se hayan de responsabilizar de las acciones correctoras oportunas. Y no tenemos ninguna garantía de que eso se esté haciendo.

Los hechos

El Viernes 21 de Octubre, un elemento clave de la infraestructura de Internet fue el objetivo de una serie de ataques cibernéticos a gran escala. El acceso de millones de usuarios a algunos de los mayores proveedores de servicios y contenidos de Internet, como Twitter y Spotify, quedaron interrumpidos durante horas.

El incidente puso de manifiesto cómo un ataque masivo a un nodo concreto de Internet puede afectar al conjunto de la Red.

El diagnóstico

Según los expertos, lo que diferenciaba a este ataque DoS (Denegación de Servicio) se otros precedentes fue el uso como asaltantes de artefactos de la Internet de las Cosas (IoT) pirateados, en lugar de ordenadores, como era lo habitual. Lo que hace posible este tipo de ataque son agujeros en la seguridad de muchos de estos nuevos aparatos conectables a Internet.

  • Para bien o para mal, nos hemos acostumbrado a que a los usuarios se nos haga responsables a los usuarios de mantener al día la seguridad de nuestros ordenadores. Lo cual no sucede, por lo menos todavía, al respecto de los artefactos que empiezan a configurar el Internet de las Cosas.
  • Resulta verosímil que las mafias rusas, grupos terroristas o incluso unidades de terrorismo de Estado sean responsables directos de este ataque. Hágase justicia, si se puede. Pero sin olvidar que han sido otros, los diseñadores, constructores e implementadores de artactos IoT con graves fallos de seguridad quienes les abrieron la puerta. La responsabilidad empieza por tomar conciencia de que el mal existe e interiorizar las consecuencias.

La pregunta

En el caso de los fármacos, existen en todos los países reglas, regulaciones e instituciones que establecen comprobaciones que han de superar los nuevos medicamentos antes de ponerse a la venta. ¿No tendría sentido diseñar y poner en práctica algo parecido al respecto de los artefactos conectados a Internet?

Una pregunta que no deja de ser un caso particular de una cuestión de fondo: la postura de la industria tecnológica (y de los ilustrados–TIC que le prestan apoyo incondicional) que sostiene que la legislación, la regulación y las normas sociales se han de adaptar a los intereses de la industria en lugar de lo contrario y habitual: que sea la industria la que se ha de adaptar a las normas sociales y a la regulación, aunque ello le supongo bajar el ritmo. La cuestión de la propiedad intelectual y de la privacidad, por citar sólo dos, son ejemplos al respecto.

Empieza a haber ya demasiadas ocasiones en que la industria tecnológica, enarbolando la bandera de un progreso supuestamente indiscutible, se comporta de un modo socialmente irresponsable. Acaparando las ganancias y dejando a otros que lidien con los daños colaterales. Quizá sea ya hora de que cuestionar este status-quo. Los artefactos tecnológicos tienen, inevitablemente, ideología y política. Conviene reforzar, aunque sólo sea como contrapeso, las políticas sobre tecnología. Queda mucho por hacer.

 

 

Crédito de la imagen: https://mondaynote.com/cheap-iot-threatens-the-internet-c7b44ab390f9#.sf9tnf462