RICARD RUIZ DE QUEROL

Hace un tiempo, en un curso de escritura biográfica, nos pidieron como ejercicio una biografía en un folio. Es una versión de mí, aunque no la única. Ahí va.

Cuando pienso en mi autobiografía, lo que me asalta es un conglomerado de encuentros, y algunos desencuentros, casi todos fortuitos o por lo menos no conscientemente perseguidos. En todos ellos el impacto de los eventos es mucho más intenso que el recuerdo de los detalles, de los que no guardo ni diario ni memoria. Dibujarían un hilo tal que así.

Crecí, el mayor de cuatro hermanos, en una familia de clase media en lo que entonces era el Paseo General Mola de Barcelona. Para algunos fui de pequeño un niño prodigio. Para otros, un empollón repelente que no paró de cosechar matrículas de honor hasta acabar la Universidad. No es que yo escogiera conscientemente esa trayectoria: estudiar era lo que más me gustaba y mejor hacía. Además, desde que empecé de párvulo a los cuatro años, mi padre y los Maristas se ocuparon en reprenderme cada vez que no fui el primero de la clase o sobresaliente en Matemáticas.

Viví así, miope, flacucho y leve o gravemente asocial, una adolescencia atípica. Que se intensificó cuando, debía entonces tener quince años, dos de mis profesores me hicieron descubrir la literatura y la filosofía. Más libros, más deberes, más horas a solas encerrado en mi cuarto.

Dado ese bagaje, me parece milagroso que enamorara a Clara lo suficiente como para que nos casáramos al acabar la carrera de Física y emigrásemos juntos a EEUU con una beca para el M.I.T. que yo no buscaba y que me fue concedida por otra especie de milagro que carezco ahora de espacio para describir. Cuatro años más tarde, tenía entonces 27, volvimos a España con un Doctorado en Física Matemática y dos hijas, una de las cuales me ha hecho abuelo; de gemelos.

Diez años después, Clara murió de una leucemia fulminante. Aprendí a cocinar y me esforcé en hacer de padre, si bien es posible que con mayor destreza en lo primero. También tomé lecciones de baile de salón y clases de recuperación de la relación con mujeres, materias ambas que de adolescente había esquivado. Una amiga me presentó entonces a Olga, a la vez su mejor amiga, como posible pareja de baile. Poco más de un año después celebramos nuestra boda con un baile de gala para 250 personas, casi todas amigas suyas.

Han pasado desde entonces 17 años. Simplemente felices. En este tiempo conseguí un segundo título de Doctor, pero también el diagnóstico de un psicólogo que me recomendó terapia para verme con mayor claridad y encontrar mi verdadera vocación. Tal vez para empujarme a ello, la empresa en que trabajaba me prejubiló por sorpresa hace unos años. Y aquí estoy.

Algunos físicos persisten en buscar una ecuación que contenga los misterios del Universo. Yo me conformaría con encontrar un hilo argumental que diera sentido a esa constelación de eventos fortuitos. Nuestra amiga Carmen sostiene al respecto que esa es precisamente mi verdadera vocación: buscarla. Tal vez. Por eso escribo, cuando escribo. También por eso me esfuerzo en dar un impulso a Coperfield.