Conocimiento, emociones y creencias

Escribo bajo la influencia de la lectura  de «The Knowledge Illusion: The myth of individual thought and the power of collective wisdom«. (También, supongo, bajo la influencia de la campaña electoral en Cataluña).

Su punto de partida (que debiera escribirse en primera persona del plural):

«No es que la gente sea ignorante. Es que la gente es más ignorante de lo que cree.«

Y en particular, que:

«Los políticos y los votantes no son conscientes de lo poco que entienden.»

Para los autores, la causa de esta «ilusión del conocimiento» es que:

«Los sentimientos intensos no emergen a partir de un conocimiento profundo.«

Cuando actuamos, como a menudo sucede, a partir de emociones y creencias (incluyendo las que conforman nuestros valores), nos importa poco el razonamiento sobre los resultados de nuestras acciones (o los de las políticas a las que damos apoyo). En línea con el origen y la influencia de los ‘marcos mentales’ que Georges Lakoff puso de moda hace ya algunos años,

«El secreto que la gente que tiene práctica en el arte de la persuasión aprendió hace siglos es que cuando una actitud está basada en un valor que se considera sagrado, las consecuencias no importan.»

La conclusión, desde luego, no es prescindir de los valores:

«Los valores sagrados tienen su lugar, pero su lugar no debería el de impedir el razonamiento causa-efecto sobre las consecuencias de la política social.»

Hace poco, Alfredo Pastor firmaba un artículo en la misma línea:

«Lograr la armonía no ha sido la principal preocupación de nuestros políticos en estos últimos tiempos. Al contrario: han jugado con las emociones y las han excitado […] Los políticos pueden contribuir a la ­tarea de remendar la convivencia no sólo ­arbitrando la única salida inmediata po­sible en nuestro caso, que consiste en poner a votación de un buen acuerdo. También pueden incidir en el plano más profundo de emociones y creencias.«

Una dificultad, creo, es que nos gusta considerarnos como seres racionales, pero lo cierto es que también somos seres hedonistas. Lo cual trae a cuento mi cita final, que unos atribuyen a Oscar Wilde y otros a Voltaire:

«La ilusión es el primero de todos los placeres.«

He estado a punto de escribir que me haría ilusión que la política y nuestros políticos fueran de otra forma. Pero me he contenido.

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  1. […] nos lleva a desconfiar de las nuevas utopías y de la autoridad intelectual y ética de quienes proclaman sus bondades (ilustrativo a este respecto, el artículo de Manuel Cruz en El País). También a cuestionar […]

  2. […] (2) El problema con algunos científicos no es que sean ignorantes; es que, como ocurre a tantas personas, son más ignorantes de lo que se creen. […]

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