No son empleos, ni siquiera trabajos.

Esta ilustración de Perico Pastor para la portada del suplemento Dinero de La Vanguardia (25/6/2017) me ha llevado a repasar mis notas de lectura de «Metamorfosis del trabajo«, de André Gorz.

Han pasado quince años desde entonces, pero la emergencia de la «gig economy» hace que sus escritos sean hoy todavía más actuales que entonces.

En particular, por la emergencia de fenómenos como Uber, pero también por la visión, cada vez más frecuente en Barcelona, de ciclistas cargados con una mochila etiquetada con la marca de alguna de las nuevas ‘startups’ de reparto a domicilio.

Dos de las reflexiones iniciales de Gorz me parecen hoy especialmente destacables. La primera es que:

«Lo que nosotros llamamos trabajo es una invención de la modernidad. La forma en que lo conocemos, lo practicamos y lo situamos en el centro de la vida individual y social fue inventada y luego generalizada con el industrialismo.«

La implicación es que, si el trabajo fue una invención, alguien puede proponer reemplazarla por otra se juzgue más apropiada para la época. O, si ese alguien tiene poder suficiente, por otra que se ajuste mejor a sus intereses.

(The New Yorker, 27/3/2017)

La segunda reflexión de Gorz es que, el aumento de la productividad en la producción material (el objetivo central del industrialismo) hace que se necesiten menos horas de trabajo. Se libera así tiempo, pero:

«La cuestión es saber qué sentido y qué contenido se quiere dar a ese tiempo liberado. La razón económica es fundamentalmente incapaz de responder a esta cuestión.«

Lo que el talento de artistas como Perico Pastor o los ilustradores de The New Yorker muestran sin palabras es que algunas de estas formas emergentes de la ‘gig economy‘ son el reflejo de:

«El interés particular de una élite profesional capaz de comprar tiempo a un precio muy inferior al que ella misma puede venderlo.«

Emerge así una forma de comercio del tiempo que no genera ni producción, como tampoco trabajo ni empleo en el sentido tradicional. Para Gorz, el peligro es el renacimiento de «una clase servil que la industrialización había abolido«. Algo que los articulistas de The New Yorker, cuyo talento es comparable al de sus dibujantes, llevan un tiempo denunciando (con muchas más palabras, eso sí).

Hay quien propone observar el mundo como un océano de fuerzas de voluntad. Propongo prestar atención al origen y la intención de esas fuerzas que apuntan a redefinir los conceptos de trabajo y empleo. No podemos controlarlas, pero sí decidir cómo reaccionamos ante ellas.

Propuesta

Cuando nos crucemos con el próximo ciclista repartidor, prestemos atención. Retengamos su imagen. A partir de ella, hagamos un esfuerzo por visualizar qué le lleva a hacer este trabajo. También a imaginar cómo nos sentiríamos si viendo que se trata de una persona próxima a nosotros. A partir de ahí, actuemos en conciencia y en consecuencia.

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