Un relato desengañado sobre tecnoambiciones

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Una pieza reciente de Ethan Zuckerman en Medium incide sobre un tema ya abordado en entradas anteriores: el contraste entre las realidades actuales del panorama tecnológico de hoy y las expectativas/promesas de los tecno-utópicos de hace diez años.

Traduzco algunos párrafos, pero os invito a leer el artículo completo:

«Hace algunos años, los ciberutópicos de mi generación, personas que no éramos lo suficientemente estúpidos para creer que Internet haría automáticamente que el mundo fuera mejor, pero sí éramos los suficientemente estúpidos para creer que los valores y las tendencias de Internet nos llevarían hacia un mundo mejor, empezamos a entrar en crisis. Una de nuestras mayores esperanzas era que Internet y centralización fueran intrínsecamente opuestos. Que las barreras de entrada son tan bajas que siempre habría competidores, que siempre habrían opciones. Hoy, cuando Amazon devora toda la venta al menor, Facebook toda la comunicación, Google todo el descubrimiento, es díficil continuar creyendo en ello.»

La historia que describe es la de una brecha entre las ambiciones y las buenas intenciones y los efectos colaterales no deseados. La de no tomar suficientemente en cuenta desde un principio que la tecnología da poder, y que si ese poder puede usarse a favor de intereses particulares, aunque sea a expensas de los intereses de muchos otros, alguien lo hará.

Zuckerman escribe que está inmerso en el desarrollo de un sistema de contenidos basado en la tecnología de blockchain que impida puntos de centralización como los actuales. Su conclusión, que suscribo:

«Debemos empezar a pensar en cómo construir sistemas que no sean sólo nuevos e innovadores […] No es un nuevo mundo – es una operación de rescate […] No tuvimos éxito la primera vez en construir una web descentralizada, porque las soluciones fáciles desplazaron a las correctas; pero lo podemos hacer ahora, porque entendemos los riesgos de la centralización.«

Añadiría que la respuesta a esta cuestión necesitará implicar no sólo pensamiento técnico, sino también pensamiento político, en un sentido amplio. La tecnología y los artefactos tecnológicos acaban teniendo aspectos políticos, si es que no los tienen desde un principio. Y, cuando se trata de política o de poder, la inociencia no sólo no funciona; puede incluso ser culpable.

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